«Él me llamó Malala». Davis Guggenheim, 2015

«Mi padre me llamó Malala. Pero no me hizo Malala. Malala me hice yo». Es una de las numerosas afirmaciones tajantes que formula en este documental su conocida protagonista, víctima de un salvaje atentado talibán en su Pakistán natal cuando viajaba en un autobús escolar a los quince años, adalid del derecho a la educación para todas las niñas –y los niños– en los países de estricta observancia islamista radical, propagadora incansable de las ideas de igualdad, solidaridad y libertad basadas en una enseñanza liberadora para todos, premio Nobel de la Paz en 2014 y presencia frecuente en los medios de comunicación de (casi) todo el mundo.

A pesar de ello, Él me llamó Malala, dirigido por el estadounidense Davis Guggenheim –prolífico realizador de series para televisión, cintas de ficción y documentales como el que le proporcionó mayor reconocimiento: Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth, 2006), en torno a Al Gore y la lucha contra el calentamiento  global del planeta–, aporta bastante información poco difundida hasta ahora sobre la vida del personaje, antes y después del tiroteo que a punto estuvo de acabar con ella. Recuperando imágenes previas, tanto de carácter familiar como público –dado que su padre y preceptor la había animado a escribir un blog para la BBC con sus reflexiones infantiles, además de frecuentes apariciones en defensa de su causa–, y completando los huecos existentes con una serie de pinturas animadas un tanto relamidas, el documental va reuniendo datos que permiten entender mejor su figura y sus actitudes, aunque lo hace en un tono hagiográfico que a ratos resulta molesto y, sobre todo, con una estructura en forma de mosaico, a base de continuos saltos temporales y temáticos, que despista más de lo que ayuda y a la postre acaba resultando algo caótica, sin que ese esquema ofrezca a cambio nada verdaderamente útil.

Uno de los hechos que más llama la atención –junto a la descripción de la estrategia global talibán, consistente en presentarse al principio como gente tolerante, hasta que consiguen la fuerza suficiente para imponer sus irracionales dictados mediante el terror, y la propia Malala sentencia que el problema talibán «no es una cuestión de religión, sino de poder»– es la facilidad con la que coexisten en el ánimo de la protagonista las convicciones ya citadas con una creencia sostenida en el islam más pacífico y el uso constante del pañuelo para cubrirse la cabeza, por ejemplo, o unas expresiones plenamente adultas con otras reacciones propias de la adolescente que en realidad es, y que se sonroja ante la idea de salir con un chico o se angustia frente a la necesidad de hacer unos deberes escolares particularmente difíciles para ella en su nuevo colegio de Birmingham, adonde ha tenido que trasladarse con su familia por motivos de seguridad y donde reside entre constantes viajes por todo el mundo.

También resultan problemáticos, y no llega a saberse si porque es así o porque la película lo expone de esa manera, tanto el papel del padre, Ziauddin Yousafzai, en la vida de la joven como la escasa presencia y aún menor influencia de la madre, persona de mentalidad más conservadora, apegada a las tradiciones y a la que solo se dedican unos pocos planos escasamente significativos. En cuanto al progenitor, maestro de profesión, propietario y director de una escuela que tuvo que cerrar bajo amenaza de los talibanes, queda claro su ascendiente casi absoluto sobre ella, desde la elección del nombre –que en su idioma significa tristeza o melancolía, pero también valor, y que responde al de una joven heroína afgana de finales del siglo XIX que, a la manera de Juana de Arco con los franceses, encabezó la lucha de su pueblo contra el ocupante inglés, muriendo en el campo de batalla– hasta los criterios y valores en los que la educó desde muy niña, o su forma de aparecer permanentemente junto a ella, dando la impresión de vigilarla, de querer comprobar el resultado de sus enseñanzas, quizá de protegerla… o quién sabe si de utilizar su fama en beneficio de su propia imagen.

A pesar de esas limitaciones, y de dejar flotando en el aire la idea de que no profundiza tanto como sería deseable en la significación de tan singular personaje, Él me llamó Malala funciona como un vibrante alegato en favor del derecho universal a la educación, concebida como arma de combate contra la intolerancia y la desigualdad y como forma ineludible de adquirir una conciencia crítica que permita acceder a la auténtica libertad, individual y colectiva.

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «He Named Me Malala». Dirección y Guion: Davis Guggenheim, inspirado en el libro «Yo soy Malala». Fotografía: Erich Roland, en color. Montaje: Greg Finton, Brad Fuller y Brian Johnson. Música: Thomas Newman. Intervienen: Malala Yousafzai, Ziauddin, Toor Pekai, Khushal y Atal Yousafzai. Producción: Imagenation Abu Dhabi FZ, Parkes+MacDonald Imagen Nation, Participant Media, 20th Century Fox (Emiratos Árabes y Estados Unidos, 2015). Duración: 88 minutos.

 

Más información en programadoble.com, el blog de Juan Antonio Pérez Millán.

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