En aquella época en que los maestros aplicaban una pedagogía de castaño de setenta centímetros e invocaban, regla en mano, a rajatabla, el principio de que “la letra con sangre entra”, también eran de aplicación fórmulas menos violentas:

–      ¡Gumersindo, escribe esta frase en el encerado: “no hablaré en clase”; cuando lo llenes, borras y vuelves a empezar.

Si a algún compañero se le escapaba una sonrisa, el profesor, a falta de otro encerado, encontraba remedio:

–      Felipe, mañana traes escritas doscientas veces en el cuaderno esta frase: “no hay que reírse del mal ajeno”.

Dado que los métodos pedagógicos de castaño no se llevan y que el corta y pega podría arruinar los efectos positivos de la reiteración escrita en casa, cabe otra fórmula de gran interés para los desobedientes o los que no se enteran:

–      ¡Mariano, mañana nos vas a repetir a todos, ¡de memoria!, el prólogo a la edición española de El precio de la desigualdad, de Joseph E. Stiglitz!

–      Don Demetrio, es que Guindos y Montoro no me dejan en paz.

–      Lo repetiréis los tres. ¡De memoria!

–      ¡Stiglitz, no, por favor!, clamaron Montoro y Guindos.

–      ¿Y ese quién es?, inquiría, aterrorizado, Mariano.

–      ¡Stiglitz, sí! Para que os enteréis.

Don Demetrio conocía bien a sus alumnos. Si les obligaba a aprenderse las respuestas de Stiglitz a Sandro Pozzi en El País Semanal, acabarían pensando que los problemas no les atañían; que se trataba de americanada, de algarabías de demócratas o quimeras de republicanos. De esta manera, con el prólogo a la edición española, no podrían escabullirse y, por el momento, resultaría suficiente. En todo caso, era lo máximo a lo que podía aspirar: El precio de la desigualdad tiene 356 páginas (o 478 si se cuentan las notas a los diferentes capítulos). Demasiado, pensó don Demetrio, para su capacidad de lectura e incluso de sus entendederas.

 

 

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