Se presentó por sorpresa en un acto público al que me habían invitado. Ella lo sabía. Cuando, entre tanta gente, la saludé, encontró el modo de apartarme del tumulto.

– Te envié un correo.

No supe que decir, porque era cierto y porque no había contestado. Su misiva solo pretendía venderme un libro, su segundo libro de recuerdos de una infancia acomodada y provinciana. Ya me había vendido el primero y no estaba dispuesto a reincidir.

la-ladrona-de-librosEn aquella ocasión apareció en otro acto público y me forzó a comprarlo por ser suyo, por los recuerdos que transmitía de su infancia y su pueblo (también el mío) y por el fin altruista del empeño. Le di mi dirección y lo recibí contra reembolso.

Luego, una vez recorridas algunas páginas del texto, simple y banal, nada resultaba cercano, reconocible, compartido. Ni la infancia ni el pueblo de nuestras memorias guardaban parecidos.

Por eso no contesté al correo. Sus recuerdos me parecieron tan dignos de respeto como carentes de interés. Y sobre todo, detestaba esa manera de pedir reconocimiento y limosna. No me atreví a decírselo a la cara, tampoco en diferido.

Sacó el libro del bolso.

– Son quince euros.

Pensé que podría esquivar el compromiso.

– Solo tengo cincuenta.

Tenía cambio.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.