No era delito.  Porque el Parlamento admite que el dinero de todos se utilice para fines particulares; porque a demasiados responsables públicos les preocupan más sus derechos, aunque sean privilegios, que los de los ciudadanos, aunque sean elementales; porque los límites de la legislación penal no son los de la decencia; porque la ley la fijan los beneficiarios de las tarjetas y los pasajes; y en última instancia, porque no hay cárceles para tanta gente, para todos los parlamentarios que hicieron lo mismo que Monago.

No, no era un delito, sino un choriceo, un recurso de trilero, un ejercicio rufianesco, de truhán, que degrada al responsable público que lo practica y que descalifica al que, en la búsqueda de excusas, falta al respeto de todas las personas a las que representa: mintiéndolas, denigrándose y denigrándolas, con una actitud impropia de una persona veraz, responsable o simplemente digna.

No era delito. Pero quien obró de aquella manera no merece ni el cargo que ocupa ni el respeto de los ciudadanos. Y eso no se cura con más populismo, más falsedad o más cara dura bañada en lágrimas. Mentir así no es delito, pero corrompe al responsable público (y a quienes le mantienen). Sin embargo, los medios de comunicación; los públicos en general y los gobernados por el afectado en particular se han echado a la calle a confundir a los ciudadanos. Otra razón para sentirnos indignados.

No era delito, tampoco, pronunciar el discurso de fin de año desde unas bodegas privadas, aunque tuviera necesidad, tras lo ocurrido, de recuperar el aliento e incluso el Habla. Ni siquiera era delito sobreponerse de la afasia llorona gastando dinero de todos en una foto con un afamado clarinetista o, meses antes, con otros actores, actrices y faranduleros, a cambio de cientos de miles de euros, después de haber escatimado fondos para educación, becas o, sencillamente, para auténticas actividades culturales.

Todos estos comportamientos pueden que tampoco sean delito, pero, desde luego, tampoco son decentes.

Con el fuego amenazando nuestras casas, no necesitamos pirómanos al lado de  la caldera. Vuelva, mejor, al retén de bomberos. O quizás ni a eso. No se puede prever hacia donde se echarían a correr los ciudadanos que, con las llamas dentro de su casa, le encontraran con la manguera en la puerta.

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