Artur Mas no anda cojo de autoestima. Dice que el gobierno e incluso el Estado le consideran caza mayor. Ni conejo ni perdiz; venado, por lo menos (o por venal).

La investigación judicial por la corrupción incrustada desde ni se sabe cuándo en las entrañas de su partido es una persecución contra Cataluña. Ya lo fue cuando hubo indicios similares respecto a su entonces jefe y siempre maestro, Jordi Pujol.

Esta vez la defensa grandilocuente no cuela, pese al tratamiento impuesto a la sociedad catalana para dilatar sus tragaderas al ancho de las miserias de sus dirigentes. Por eso, algunos portavoces sociales tratan de desmarcarse de sus propias complicidades: una cosa es la corrupción del gran partido nacionalista y otra, la multitudinaria reivindicación independentista.

Puede parecerlo. ¿Lo es?

Si se hubiera agitado esa bandera (o todas esas banderas) con el propósito de esconder la catastrófica gestión política y económica y el afán de parapetarse tras su escudo de la acción de la justicia, ¿guardarían relación lo uno (la corrupción) y lo otro (el independentismo)? ¿Alguien puede negarlo?

Cada vez que se alude a la reivindicación independentista aislándola de los recortes de la Generalitat gobernada por Convergencia i Unió y de la soez corrupción de esa misma formación oculta una parte fundamental de la realidad. Se quiera o no. ¿Por qué entonces el debate no incluye en todo momento ese elemento, de la misma manera se destaca el afán del gobierno español en protegerse a sí mismo de su corrupción y de su ejercicio política por la vía del unionismo compulsivo?

Cuando a una patología se le aplica el tratamiento inadecuado, la enfermedad se extiende de forma incontrolada. ¿Por qué negar, entonces, que cuando hablamos de la gran idea regeneradora de la política catalana (la independencia) realmente encubrimos la motivación que la alienta? ¿Por qué negar, entonces, que cuando hablamos de la primacía de la Constitución y de la ley encubrimos la motivación que la sustenta?

Como ha dicho el hasta hace poco máximo representante de la CUP, David Fernández, la identidad de Cataluña resulta harto peculiar: “Estamos en un país donde la virgen es negra, el gorila blanco y el héroe nacional un defraudador fiscal”; la moreneta de Montserrat, Copito de Nieve y Messi  son los síntomas de una enfermedad degeneración, progresiva e irreversible; sobre todo, si se al paciente, como remedio, se le invita a una orgía interminable.

Más a más: a la trilogía convenida por Fernández habría que añadir la del mesías mafioso, impulsor de una red destinada al saqueo. Así se explicará la evolución del personaje: de pájaro a caza mayor.

¡Qué cosa (país, nación o lo que fuere o será) más rara!

Para colmo, el que iba a poner orden en el coto (la CUP) se puso a colaborar con el furtivo; ayudó a su camuflaje…

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