Javier Cercas, refiriéndose a “los independentistas catalanes y sus maquiavélicos compañeros de viaje”, advertía (¿Quién teme el voto del miedo?), días antes del 21-O, que “el problema no es que la gente les tenga miedo, sino que, llevada por el entusiasmo y el fervor y los proyectos ilusionantes —no por la verdad y la razón—, les pierda el miedo y acabe votándoles. Ha ocurrido muchas veces, y sin duda volverá a ocurrir”. Estaba en lo cierto. Ocurrió.

En esa misma dirección Javier Marías se preguntaba: ¿Nunca culpables? Resultaba pertinente la pregunta. Porque la cantinela de uso cuasi obligatorio en las jornadas electorales –el pueblo nunca se equivoca– es falsa, como demuestran los múltiples y graves desmanes históricos avalados mediante votación popular. Y por ello, el pueblo debe ser responsable de los desatinos previsibles que se ejecutan en su nombre, máxime cuando se reincide en lo que ya se pudo reconocer como error e incluso como disparate.

El riesgo se confirmó. Vargas Llosa (El nacionalismo en Cataluña) impelía a huir de ese sentimiento de colectividad que despersonaliza, porque “somos individuos con derechos y deberes, no partes de una tribu, porque el formar parte de una tribu, ser apenas un apéndice de ella, es incompatible con ser libres” . En este caso la cita del escritor puede ser asumida sin mayor debate, máxime cuando la tribu adquiere connotaciones religiosas y sus impulsores devienen en una auténtica clerecía dispuesta a desafiar no solo a la ley sino, sobre todo, a la razón.

Estábamos, pues, advertidos. Y ahora nos encontramos en la fase posterior a la reincidencia Veamos.

22-D, el día después

Dijo Puigdemont: “España tiene un pollo de cojones”.

Con tanta sutileza resulta difícil equivocarse.

¿Y de qué es el pollo que tiene Puigdemont? Hay para todos…

Lo explica él mismo: “La república ya está proclamada”.

¿Pues no era que no? ¿Con esas afirmaciones pretende que no le detengan, llegado el caso?

Sigue: “Y tiene la ratificación del 21-D, que ha sido una especie de segunda vuelta del referéndum”.

Aunque los votos en contra sean más que los favorables: 50,9% – 47,5%, tres puntos y medio.

Los indepes buscan lecturas plebiscitarias, pero los datos avalan un resutado. adverso.

¿Se puede obviar la realidad? Parece que sí.

 

Algunos hechos

La pole de Ciudadanos tiene un valor muy relativo.

Los constitucionalistas no son una alternativa de gobierno.

Los partidos de izquierdas (los que se supone como tales), tampoco.

Un gobierno de derechas sí suma, pero resulta imposible; hay otras prioridades: la quimera, la patria, la independencia (en este mundo).

Las urnas solo avalan la opción de gobierno independentista, suificiente para gobernar, mas sin aval para otros menesteres más solemnes.

Puigdemont responde: “Nuestra idea es intentar llegar a acuerdos no solo con la CUP, con todos los partidos que compartan que se ha acabado la receta unilateral del Estado español”. Buenos propósitos para una situación sin rumbo.

 

¡Vaya cirio!

Hipótesis varias.

Puigdemont no regresa de Bruselas y reivindica su condición de president en el exilio. ¿Le respaldarán sus antiguos compañeros de aventura, aceptando su dirección? ¿El gobierno se reunirá en Bruselas o se mantendrá la ficción de un gobierno en ejercicio, radicado en la Plaza de San Jaume, que se limite a actuar como espejo de lo que se decida en un hotel bruselense?

Puigdemont regresa a Cataluña y el juez decreta su ingreso en prisión. ¿Podrá ser investido presidente? ¿Tendrán que celebrar los Consells de Govern en el locutorio?

A Puigdemont le conceden la provisional. ¿Cómo aguanta un president bajo la amenaza permanente de un proceso tan grave y el riesgo de una inhabilitación en ciernes?

A Puigdemont le dejan actuar como si no pasara nada. ¿Qué hace un rebelde amnistiado por su enemigo? ¿Cómo sacar pecho o declararse investido por los dioses?

Cualquier opción aboca al absurdo.

Pero no menos la de impedir que ejerza como presidente quien, se mire como se mire, ha sido elegido por las urnas?

¿Cómo se asume la contradicción entre la lógica de la política y la de la justicia? ¿Puede alguna de las dos ceder ante la otra? ¿Puede hacerse en algún momento compatibles? ¿Cabe la negociación?

 

Sin conclusiones

Los presagios de los politólogos tropezaron con el misterio insondable de lo revelado: el triunfo inapelable del victimismo

Junts per Catalunya careció de programa y hasta de partido. El expresident reunió a sus amigos en la lista de una formación inexistente y se convirtió en el ganador de las elecciones. Sólo ellos, y tal vez solo él, pueden presidir un gobierno al que tratarán de identificar con el antiguo, el de la épica del pueblo elegido frente al poder del imperio.

El prófugo revestido de exiliado derrotó al detenido que arrostró sus propias decisiones. La votación popular respaldo al que huyó de sus responsabilidades en perjuicio del que afrontó los efectos de unas medidas para las que reclamó el respaldo ciudadano. Sin embargo, juntos, ahora resultan imbatibles.

Paradojas. La teodicea del exilio desarboló a la del detenido, la del prófugo a la del ajusticiado. A Esquerra le sobró el partido. Su ambición para liderar el nuevo tiempo tropezó con la inaprensible levedad de la nueva clerecía.

No hacen falta argumentos. Solo mística. Sus razones resultan más propias de la teología que de la lógica matemática. Solo para creyentes, porque la fe resiste a las evidencias.

Cataluña emprende una etapa entre la lógica de la política y la de la justicia, entre la negociación necesaria y la exigencia de responsabilidades e incluso de culpas. En el programa de los bandos, los ciudadanos no cuentan. Se antepone la nación, la patria, la comunidad, el pueblo.

¿Por qué no se antepone la convivencia, la gente, sus salarios, sus pensiones, su salud, su educación… y, también, sus sueños, sus emociones, sus derechos?

 

Para pensar

El nacionalismo hunde a la izquierda.

Quienes querían la república porque sería de izquierdas han encontrado una respuesta demoledora. Hoy, con los resultados del 21-O en la mano, esa república será descaradamente de derechas.

Con esas tortas ¿para qué queremos las alforjas?

Cabía temerlo: el nacionalismo corroe los principios de la ciudadanía elevando sus intereses al servicio de una ficción.

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