La racionalista Francia puede acostarse mañana al borde de la convulsión. Si las encuestas ponen rumbo a la incertidumbre, los resultados pueden abocar al caos. Es el sino de estos tiempos. La demoscopia propone y las urnas disponen, al margen de las previsiones. Si la convulsión se consuma, Europa entrará en pánico.

Al finalizar la campaña electoral el panorama se describe, por lo menos, como incierto. Empezó con la ultraderecha y la derecha más rancia convertidas en sólidos bastiones de las expectativas populares. Prosiguió con la caída del candidato conservador pillado con las manos familiares dentro de la caja pública y con el suicidio en fascículos de los socialistas. Continuó con la emergencia de un outsider de discurso profundamente arraigado en el stablishment. Y terminó aupando a la disidencia por la izquierda a niveles no imaginados. Todo se ha revuelto.

A cada uno de los candidatos se le supone un estilo y una propuesta, pero las máscaras esconden cuestiones de fondo. La radicalidad antiislamista de Marine Le Pen se ha encubierto con ciertas dosis de laicismo e incluso feminismo, incluso de reivindicaciones económicas que parecían corresponder a la izquierda. Muchos votantes de la más despiadada derecha cristiana han ofrecido a Fillon bulas e indulgencias para exculparle de su codicia política y personal. Los socialistas, apesadumbrados por el descrédito acumulado por su último gobierno, han renegado de su propio proyecto de regeneración y se han escindido, por partes, en apoyo de la propuesta liberal de Macron, economista procedente del ámbito financiero, y del respaldo a Mélenchon, disidente de discurso clásico aunque capaz de navegar sobre el desencanto.

Hasta hace poco las elecciones de este 23A parecían abocadas a una segunda vuelta en la que el pragmatismo conservador del mal menor se encauzaría hacia una salida por la vía de Fillon, primero, o de Macron, después. El outsider al que encumbró Hollande alcanzó la cima de las expectativas avanzada ya la campaña electoral, bajo el argumento de que la derecha y la izquierda razonables cerrarían filas contra el lepenismo.

El crecimiento en los últimos días de las expectativas de Mélenchon, impulsadas por una izquierda no resignada, ha hecho zozobrar las previsiones generales. Si Mélenchon y Le Pen estuvieran en la segunda vuelta… Si lo hicieran Fillon y Macron… Si Fillon y Mélenchon… ¿A quién apoyarían los franceses ante esos dilemas?

Hay reflexiones inquietantes. Por ejemplo, las que avala Alain Touraine, hombre sesudo y moderado. Dice que los proyectos políticos de Mélenchon y Le Pen coinciden en su base de sustentación, el populismo y la utopía, cobijados ambos en dos eufemismos: el proteccionismo solidario y el nacionalismo económico. Ambos tienen, además, también dos enemigos, comunes y acérrimos: la socialdemocracia y la Unión Europea.

¿Qué camino tomarán en la segunda vuelta los partidos situados en ambas orillas? ¿Y los del medio, cuando el miedo a la ultraderecha se contraponga al susto que genera una izquierda sin complejos en un país razonable y conservador? Mélenchon aúna la mayor esperanza y el gran riesgo. O apenas esto último, si se piensa que en la segunda ronda sólo puede salir derrotado; salvo que tenga que competir con Marine. Y en ese caso, ¿con quién estarán Fillon y Macron? Mejor no pensarlo.

El camino hasta la segunda ronda será, pase lo que pase en la primera, un sinvivir. Entre la convulsión y el pánico. El adiós a la razón en la patria de la Ilustración.

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