¡Cuanto empeño en que la moción de censura sirva para poco!

Sobre su necesidad e incluso de su obligatoriedad no caben demasiadas dudas: por la resistencia de Mariano Rajoy a la dimisión contra toda lógica e incluso contra toda razón democrática; por la falta de credibilidad que merece Ciudadanos, especialista en amagar y no dar, en actitudes cosméticas, siempre deseoso de que el sí o el no parezcan no o sí respectivamente.

La moción de censura contiene algunas virtualidades: la salida del Gobierno de Rajoy y del PP –que ya es bastante–, el cambio del paso en asuntos atascados –muchos, también el del conflicto en Cataluña–, la convocatoria de elecciones con la garantía de un nuevo gobierno capaz de afrontar los problemas que se planteen durante la interinidad[1]

Y mucho más.

¿Por qué no se afanan unos y otros en acercar posturas? ¿Por qué detrás de cada argumento solo se advierten intereses partidistas? ¿Por qué no se encuentra una voz fiable?

Tras todo lo dicho, la moción de censura tiene un problema relevante. Se llama Pedro Sánchez.

¿Nadie echa de menos a Eduardo Madina?

[1] Una interinidad, por cierto, de algunos meses, porque la convocatoria de elecciones debería demorarse para evitar, al menos, unos comicios en agosto… Pero una interinidad de efectos imprevisibles, porque no se sabe si acabaría beneficiando o perjudicando al partido de ese gobierno interino (si se optara por esa fórmula) dada la compleja situación política.

 

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