Al PP le pillaron por casualidad con las manos en la caja (de otros). Andaba el juez investigando un asunto de drogas y se encontró con gente que afirmaba que estaba en política “para forrarse”.

(Alguna de esa gente ahora trabaja en Telefónica, después de haberse forrado mediante santo matrimonio, alcaldías, presidencias de comunidad y ministerios. ¡Un currículo!)

El juez se quedó atónito cuando los teléfonos pusieron a la vista que el forraje, más que un proyecto por venir, estaba siendo consumado. Y pensó que su toga le acreditaba como servidor público: se aplicó a la investigación del caso.

Le acosaron hasta convertir el robo masivo del PP mediante comisiones, corrupciones y otras dádivas de puro altruismo ideológico en la obsesión de un juez entrometido, valiente y de izquierdas. ¡Un horror!

Acababa de llegar Aznar a la presidencia del PP. A partir de ese momento se creó un aparato jurídico potente, machacón, ajeno a cualquier principio moral, pero empecinado en los resquicios jurídicos que convierten a los simplemente malos en próceres de la bondad. Cosas del Opus. ¡Oh, pus!

La dilación sin tregua hasta la prescripción, el uso de los recovecos que atentan contra la razón y la equidad (en este contexto, la justicia es un concepto tan polisémico que carece de significado), la toma del poder del partido a través de los pleitos se convirtieron en la seña de identidad del PP.

El juez Manglano fue evaporado. De aquellos planteamientos oscuros y sinuosos, concluido el periodo del líder José María, surgió el sucesor Mariano, vivo ejemplo de la dilación, del hermetismo campechano, de la ocultación de sí mismo, ya que nadie sabe si atesora un pensamiento que esconder. Él era y es el mesías de aquel procedimiento o, al menos, su epifanía.

Ese modo de actuar ha alcanzado momentos gloriosos: Camps y Fabra, el Yak 42, la primera parte de Matas o Gurtel, otra vez con el juez justo como víctima de la maquinación.

Ahora el símbolo supremo es Bárcenas. El punto de excelencia. El paradigma de esta época mariana, aunque su fermentación se iniciara mucho antes.

Sin embargo, hay algo extraño, diferente, que obliga a dudar sobre su perpetuación. Por primera vez se aprecian signos inequívocos de miedo a que las tretas no resulten. Trillo puede volver de Londres, pero no basta. Matas se ha ido de las manos. Se ha manchado con Urdangarín y, si eso no se para, aquello no se detiene. Y si ni uno ni lo otro se frenan, Bárcenas deberá encomendarse a otra estrategia.

Algo parecido piensa Rajoy. Para repensarse o para que le repiensen. Por eso pide tiempo. Así se entiende su silencio. No solo por costumbre. Quizás también por vergüenza o pánico. ¡Nuestro presidente de gobierno!

–  Estaba aquí descarallao… ¿Quién me ha quitado la tumbona?

– Viri, ¿estos niños no pueden callar? Así no hay quien descanse.

– ¿El Madrid? De puta pena. Esto sí que jode los domingos.

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