Lo dijo el comentarista que dirigía la retransmisión del partido España-Chile: “El mismo día que el Rey abdica, la selección pierde la corona”. Una coincidencia con tono de twit. Luego, un periódico más serio abundó en ello: “España abdica en Maracaná”.

¿Se trata de un despropósito esta comparación o tan solo de una consecuencia cuando la corona y el fútbol se convierten en cuestiones de estado?

Desconozco cuanto tendrá de bueno la retirada de Juan Carlos I, porque el dios que a él le designó a mí no me otorgó el don de la profecía, pero sé muy bien que, gracias a la eliminación de la selección española, nadie pretenderá que el fútbol se convierta en antídoto de nuestras frustraciones y nuestras miserias. Un alivio.

Aunque seguirán intentando embrutecernos con sus patochadas sus más conspicuos portavoces. Otro motivo  para considerar que, pese a todo, hay peligros más dañinos.

Puestos a decir tonterías, téngase en cuenta que la primera plaza a la que ha acudido el nuevo Rey ha sido a la de Neptuno. Luego, Cibeles. Mientras no vaya a Canaletas, España seguirá sin arreglo.

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