De estos días miserables quedarán en la memoria dos nombres propios: el presidente del Gobierno y el del presidente del Govern de la Generalitat.

Mariano Rajoy, por su indolencia secular para asumir su responsabilidad pública –salvo para anteponer sus intereses electores–, y por su incapacidad para entender el legítimo problema planteado a la sociedad española por buena parte de la sociedad catalana.

Carles Puigdemont, porque su recalcitrante ambigüedad conculca el respeto que la sociedad merece y limita la calidad del debate público, porque esconde su propia impotencia desbordado por la complejidad del problema, y porque ha querido ejercer como un tahúr, sometiendo las razones  al fraude o a la treta.

Mariano Rajoy y Carles Puigdemont solo merecen su relevo. No son dignos de seguir al frente de instituciones que requieren más inteligencia y mucha mayor dignidad y decencia. No solo han sido un obstáculo para la solución sino que han ejercido como impulsores de un conflicto que no va a ceder en mucho tiempo y que se agravará, al margen de las decisiones concretas que se produzcan en los próximos días.

Rajoy y Puigdemont son los nombres propios que cobijan a una pléyade de secuaces que han estimulado, incluso con amenazas, sus decisiones más arriesgadas, a quienes se han conformado con seguirlas a pies juntillas, a quienes han callado por miedo o vergüenza ante los sectores más hostiles, a quienes siempre buscan réditos electorales con su radicalismo o a los que ponen simultáneamente velas a dios y al diablo por si acaso hubiera paraísos e infiernos.

Esos nombres propios de la ignominia y el desprecio sobran. Ya han hecho suficiente daño. Urge su salida. Es necesaria para seguir conviviendo. Son Mariano Rajoy y Carles Puigdemont y quienes más les han animado y respaldado.

Frente a ellos también existen personas a las que difícilmente se reconocerá fuera de ámbitos íntimos. En un conflicto apasionado y en una sociedad presa de la emotividad de las imágenes solo tienen premio los extremos. Por eso Miquel Iceta pasará calladamente. E incluso cabe suponer que cualquier día será cesado por razonable, digno y decente. Conste, al menos, el respeto que se ha ganado en las últimas semanas.

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