«Hablar». Joaquín Oristrell, 2015

Con una larga y en general meritoria carrera como guionista y director de comedias, sobre todo, el barcelonés Joaquín Oristrell se pone serio y nos ofrece una densa y variada crónica de ficción sobre la vida cotidiana en las calles del barrio madrileño de Lavapiés, moviendo la cámara en unos cientos de metros y con la advertencia previa de que todo está rodado en un solo plano, sin interrupciones ni montaje.

Puede que este singular procedimiento, que ya ensayaron Alfred Hitchcock en La soga (Rope, 1948), Aleksandr Sokurov en El arca rusa (Russkiy kovcheg, 2002), Spiros Stathoulopoulos en PVC-1 (2007) y otros cineastas, llame la atención del espectador por su rareza y por el enorme esfuerzo técnico e interpretativo y la extraordinaria sincronización que exige a todos los participantes en el rodaje, pero la verdad es que interesa mucho más lo que cuentan Oristrell y su coguionista y coproductora Cristina Rota que el complicado procedimiento elegido para contarlo. Más aún, hay momentos en el relativamente breve metraje de la película en que se agradecería un corte para salir de alguna situación agotada, para evitar molestos barridos y otras suturas forzadas o simplemente porque, como en el caso del reportaje de televisión en el que se trata de arrancar como sea una declaración al personaje espléndidamente interpretado por Mercedes Sampietro, la cámara del reportero se confunde con la del filme, rompiendo de algún modo, o por lo menos haciendo confuso el pacto establecido desde el principio.

Nada de esto es importante, desde luego, frente a la frescura que desprenden muchas de las imágenes y los diálogos de este filme profundamente enraizado en la penosa situación que atraviesa hoy nuestra sociedad. Una sociedad vista literalmente a ras de calle, no desde los despachos de los políticos convencionales ni las mansiones de los poderosos que por lo visto disfrutan ya de la tan cacareada recuperación económica, a costa de las estrecheces de la mayoría. Una sociedad representada por personajes de ficción que parecen personas reales, incluso cuando su dibujo se exagera un tanto en función de la fluidez del conjunto. Una realidad sintetizada en una veintena de historias mínimas, de las de todos los días, pero que contempladas en continuidad componen esa crónica lúcida y mordaz que enunciábamos al principio.

Claro que entre tantos flashes cuya fugacidad nos hace desear en ocasiones que su tratamiento se alargase para profundizar en lo que significan, hay altibajos, baches de interés y situaciones que no están a la altura de las demás. Pero bastarían, por citar unos cuantos ejemplos, las conversaciones entre esas dos barrenderas no por casualidad llamadas Dolores y Angustias, o la verborrea que despliega el empresario corrupto interpretado por Juan Diego Botto para negarse a pagar su sueldo a la empleada negra a la que debe varios meses, recordándonos vívidamente los falaces discursos de tantos representantes de las asociaciones patronales, estén o no (todavía) en la cárcel, o el ya citado episodio en el que Mercedes Sampietro encarna –con gestos medidos, sin una palabra– a la esposa del preso de alcurnia encerrado por motivos económicos y asediada aquí por un intrépido periodista que la acosa con preguntas de respuesta más que previsible, para justificar la existencia y el sentido de este audaz experimento audiovisual.

Un experimento que se llama Hablar porque su sustancia misma es, entre imágenes permanentemente móviles, lo que se dicen unos a otros esos personajes desarraigados, a la intemperie, que buscan su lugar en un mundo que no les pertenece. Y cuando ha quedado suficientemente claro el valor de esas formulaciones verbales sobre una realidad multiforme, la película de Oristrell desemboca –no desvelamos ningún secreto que deba permanecer oculto– en una formidable celebración coral de la palabra, donde se utilizan, entre otras fuentes más o menos reconocibles, desde el comienzo del evangelio de san Juan («En principio era el verbo…») hasta las estrofas del conocido poema de Blas de Otero que la defiende como último recurso, por lo demás irrenunciable. Y no cabe duda de que el trabajo de Joaquín Oristrell y Cristina Rota rinde cumplido homenaje a esa forma de expresión genuinamente humana. Mientras hacemos lo posible por salir de esta situación tan radicalmente injusta, nos queda la palabra.

FICHA TÉCNICA

Dirección: Joaquín Oristrell. Guion: Joaquín Oristrell y Cristina Rota. Fotografía: Teo Delgado, en color. Música: Alejandro Pelayo. Intérpretes: Marta Etura (la supercualificada), Sergio Peris Mencheta (el profeta), María Botto (la madre), Raúl Arévalo (el cordero), Mercedes Sampietro (la corrupta), Juan Diego Botto (el explotador), Goya Toledo (la chica anuncio), Estefanía de los Santos (la borracha). Producción: Aquí y Allí Films, Cristina Rota Producciones, Sabre Producciones (España, 2015). Duración: 78 minutos.

 

Más información en programadoble.com, el blog de Juan Antonio Pérez Millán.

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