Lo anunciaba y lo cumplí. Tomé el avión y puse diez mil kilómetros de distancia. Sigo, en la medida que puedo, el runrún de las cosas que pasan en España. Sólo veo una, que lo absorbe todo y oculta a las demás. Tomo notas:

  • Para que no nos engañen, hemos decidido que nos corten el cuello. No hemos encontrado mejor alternativa.
  • A los dirigentes no se les elige para que gestionen los problemas, sino para que los resuelvan.
  • Cada vez que afirmamos que cualquier tiempo pasado fue mejor, condenamos el porvenir sin conocerlo. Lo dijo Marañón. Hoy, antes de repetirlo, se tentaría la ropa.
  • Este tiempo es peor que ayer y no solo porque lo realmente sea sino porque entonces creíamos que había solución.
  • Hasta ahora adjetivábamos el exilio como político o humanitario. Hablábamos de las migraciones económicas. Apuntemos una nueva categoría para este tiempo: el exilio por decepción.

Cada día tomo la decisión de apartar las ramas para tratar de vislumbrar lo que pasa al otro lado del follaje. Porque los males no terminan en la economía. Aturdidos por el ruido que esta provoca, nos están birlando algunos derechos que creíamos conquistados. Mucho me temo que, a este paso, terminaran quitándonos lo bailado. ¡El colmo del desvalijamiento! Ningún otro atracador hubiera ambicionado tanto.

Ahí radica la mayor diferencia en los últimos años entre unos gobiernos y otros. A unos les cuesta un mundo dar pasitos adelante. A otros les falta tiempo para dar saltos hacia atrás. Todo lo que hacen unos se puede desmontar en dos meses. Lo que hacen otros se instala en la sociedad como si no hubiera otra alternativa. Porque hasta los unos acaban creyéndolo. Así es vida que vivimos.

El baile terminó. Es la única manera de que no nos lo quiten.

 

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