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Pedro Sánchez, al pedir a M.Rajoy que dimitiera, conseguía hacer imposible la dimisión. Luego, Albert Rivera intentó lo mismo, pero ya estaba descartado. El presidente no podía obedecer a quien le iba a expulsar del gobierno. Hubiera sido una humillación doble. Sánchez apuntaló así el éxito de la moción. Y abrió la puerta de un futuro por descubrir.

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El final de esta etapa del PP lo definen dos sillas: una, vacía, entre Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal, y otra, ocupada por un bolso. Entre la nada y el botín.

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La llegada de Sánchez la define una viñeta:

Para los indepes su mera presencia suena a rayos; los antiindepes tal vez le hubieran querido en el meollo de la pelea. Borrell vuelve porque hay momentos en que no se puede eludir el compromiso. Ojalá el brillo de sus dotes pedagógicas relegue a la brillantez artillera de sus convicciones.

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Desde que se supo la designación y la aceptación de Borrell pudo preverse el contrapunto: Meritxel Batet en un puesto directamente relacionado con el caso catalán. La confirmación se consumó horas después. La moción llegó por sorpresa, pero las decisiones primeras no parecen improvisadas.

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En estos días todo gira en torno a la actitud o la tarea de los partidos, a sus juegos e intereses. Los ciudadanos son espectadores. Algún día, cuando se convoquen elecciones, podrán ascender en el escalafón hasta la condición de consumidores. La ciudadanía, eje y objetivo de la acción política, tiene demasiadas veces mero valor instrumental. Y se acepta. Si debía ser al revés, ¿por qué no se nota?

Dicen en la tele que Núñez Feijó es “una de las grandes esperanzas blancas” (del PP). No, no puede ser blanco; está asociado a Dorado (Marcial).

(Estas notas forman fueron tomadas a vuela pluma en la mañana del 5 de junio de 2018 y se circunscriben a ese momento).

 

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