La justicia opera con códigos que los ciudadanos muchas veces no entienden. Pero eso no basta para refutar la lógica jurídica. Ni la discrepancia sobre sus decisiones.

Hay procesos que tienen consecuencias. La violencia no se improvisa. Hay decisiones y actitudes que con efectos terribles. Hay palabras de fuego.

¿Estamos ante una situación incomprensible?

La televisión convierte a la barbarie en espectáculo. Nada más interesante: ¡la guerra en directo! La transmisión sin pausa, la reiteración de datos e imágenes, la reducción de toda la información a los enfrentamientos aumenta la tensión e impide la mesura. La radicalización se multiplica. Pero la realidad televisada no es la realidad, por más que lo parezca. Y por eso manipula, tergiversa, ceba los extremos.

Un comentarista de una cadena de televisión define reiteradamente a los manifestantes violentos como “los malos”. Una calificación policial que incluye a asesinos, violadores, ladrones…

Una periodista denomina, también reiteradamente, a los mismos manifestantes violentos como “los protestantes”, calificativo que en medio de la confrontación remite a las guerras de religión. Algo hay de ello a la vista de los dogmatismos en conflicto.

La definición más extendida es otra: antisistema. Se antoja más neutra. Acepta que unos y otros se distancien y traslada el conflicto a responsabilidades ajenas. Pero no cabe ignorar el contexto. En esa denominación pueden encontrarse individuos que asumen el independentismo porque reconocen en él la capacidad de destruir las instituciones actuales y la convivencia que ellas han propiciado; y otros que retrotraen a viejos movimientos anarquistas de décadas pasadas que Cataluña y España guardan en su historia y su memoria. Por lo uno y por lo otro pasó lo que pasó.

Los años 30 parecen vigentes en la sociedad contemporánea por la situación económica, por los populismos imperantes en países muy diversos, por la radicalización de posiciones que rememoran viejos fascismos.

La situación da pena. Y sobre todo, miedo.

Julio Llamazares suscribe en El País un artículo excelente: Membrillos amarillos. Él alude a Sarajevo.

Íñigo Torres Estévez trata de entender la realidad cuestionando el recurso fácil para  explicar lo que pasa: ¿Incomprensible?

Conviene leer y escuchar.

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