Felipe VI llega el último, en coche blindado, al lugar donde esperan los ciudadanos. Pero lo primero que percibe es el ruido de los silbidos que muchos congregados le dedican. TVE acalla de inmediato la repulsa y remite la transmisión a su estudio central.

Los políticos hablan como los futbolistas, se tapan la boca con la mano para que las cámaras no descubran sus opiniones. Así se pudo ver, por ejemplo, a Carles Puigdemont y a Ada Colau. Mal asunto cuando la palabra pública se esconde.

Rajoy y Puigdemont ejercen de estatua cada vez que coinciden juntos. El rey, entre ambos, conversa con el president y el presidente. La razón no se vota ni se elige.

En contra de lo que la pancarta proclama el miedo es legítimo e incluso saludable. Sin miedo, eso es seguro, se muere antes.

Las banderas independentistas, concentradas a propósito para cubrir y hasta ocultar el plano general de la marcha, parecían repudiar la solidaridad de muchos españoles. Quizás no fuera su día. O tal vez esa sea la expresión de la insolidaridad que proclaman.

Tienen razón quienes protestan contra la venta de armas, pero sería mejor protestar contra las armas mismas. Tienen razón los que se preocupan por la situación en Oriente Próximo, pero no cabe ignorar que los atentados se fraguaron en Ripoll y Alcanar por jóvenes nacionales.

TVE cubrió ramplonamente la concentración, con fallos garrafales en la transmisión y, en especial, durante la lectura del manifiesto; cortó la programación especial tan pronto como desapareció el presidente del Gobierno… para que su audiencia pudiera disfrutar de Cine de barrio. Antena3, Cuatro y La Sexta, como Canal Sur, por ejemplo, continuaron hasta enlazar con sus telediarios.

Y pese a todo se escuchó a García Lorca, a Josep Maria de Segarra, a tanta gente… Entre ellos a musulmanes apenados y a ciudadanos sin patria ni religión igualmente apenados. Y a algunos políticamente equidistantes por cuenta de la libertad de expresión.

¿Era ese el objetivo u otro?

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