“El ejército toma medidas contra el radicalismo en sus filas”. Lo dice El País y debemos creerlo, porque hay cosas con las que no se juega. Pero, se mire como se mire, la noticia, su fondo y su trasfondo respiran discriminación e incluso falsedad: en primer lugar, porque en el ejército español ha abundado el radicalismo (menuda historia la suya), y en segundo, porque en realidad solo alarma el radicalismo de la tropa con el pretexto de que no alcance al generalato o, mejor aún, que lo suplante. Y eso devuelve el tema a la discriminación.

¿No se puede ser islamista en el ejército? Respuesta falaz: no conviene, obedecería al ulema. ¿No se puede ser antisistema? No se entiende, se trata de una contradicción in terminis. ¿No se puede ser ultraderechista? Será ahora (y ni eso). ¿No se puede ser ultracatólico? Sí, aun a riesgo de que alguien saque a colación los antecedentes bárbaros de los creyentes. ¿No se puede…?

Encuentro dos fórmulas:

Una. Sustituir las armas del ejército por tartas como las que asaltaron a la presidenta de Navarra, porque evitarían riesgos subversivos, porque resultan más baratas y porque las normas penales son mucho más duras con los que abusan del merengue que con los que lo hacen de la metralla.

Dos. Suprimir el ejército y, si para ello fuera un inconveniente el incremento del paro entre la clase de tropa (el generalato es otra cosa), tener en cuenta que resolvería los problemas de déficit, la falta de recursos para la dependencia, la educación y la sanidad… A la industria textil y a la pornografía ya le encontraremos remedio.

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