Lo dijo Manuel Vázquez Montalbán y, ahora, cuando él ya no está y, aún peor, cuando ya ha dejado de ser tan evidente, muchos le secundan: en las elecciones de Estados Unidos deberíamos tener derecho al voto, porque nos afectan directa y decisivamente. Hoy no bastaría con eso: en los lugares donde se deciden los asuntos más relevantes no se celebran elecciones. Sin embargo, en cualquier caso, aunque en menor medida que en esos otros paisajes indescifrables e inaccesibles, las elecciones USA nos afectan; ¡vaya si nos afectan!

Será por eso que uno se acuesta  con el televisor a media voz y la radio encendida. Y se despierta dos o tres veces en la madrugada, expectante por lo que ocurre en Ohio, en Virginia o en Florida, aunque no sepa situarlas en el mapa. Luego vuelve a preocuparse por el resultado definitivo, los votos electorales y los de los ciudadanos, no siempre coincidentes; por la composición del Congreso, la del Senado y lo que pueda venir. Y acaba despertándose justo en el momento en que Obama se dirige a sus voluntarios, con Michelle y sus hijas al lado.

Aun en la penumbra de la somnolencia, la retórica apabullante y florida del reelegido presidente sacude el ánimo.

– ¿Pero qué hacemos nosotros con el presidente que nos han encalomado? ¿Estás escuchando, Rajoy?

Al poco uno descubre que son muchos los que han pensado lo mismo. Twitter amplifica ese estado de ánimo entre la crítica  acerva y la frustración. Muchos españoles repiten: “quiero un presidente como éste”, “necesitamos a alguien que ilusione”, “yo también prefiero a Obama”, “¡joder, qué diferencia!”…

Uno siente, en pleno discurso, una vez más, una profunda contradicción. Encandila su verbo, su confianza, la emoción que transmite, su sentido de la cercanía. Resulta difícil escapar de ese sentimiento de entusiasmo, de arrebato colectivo, de confianza ciega en el futuro.

El discurso transmite pasión y, sobre todo, habla de política: de resolver el problema de la familia humilde con una hija de ocho años con leucemia, del estudiante que desea investigar, del matrimonio asolado por el huracán, del desempleado de Carolina… Esa es la cuestión: dar solución a las necesidades de los ciudadanos, rehusando la endogamia de los políticos, ofreciendo programas globales que ayuden a mejorar las condiciones de vida de cada uno de los ciudadanos, con sus nombres y apellidos, y en especial de los que tienen menos recursos. Obama lo explica con un convencimiento que impresiona y reclama la participación de todos, porque la ciudadanía no es solo cuestión de un voto, ensalza simultáneamente la controversia y el diálogo, estimula al esfuerzo y a la ilusión. Un dirigente, un político.

Sin embargo, su alocución resulta mucho más emotiva que racional, más voluntarista que compleja y, por ello, aflora su profundo carácter demagógico. Acepta dificultades, pero son más etéreas que amenazadoras; abunda en lo emocional para no tener que explicitar las contradicciones de una sociedad bien distinta a la que pinta, en la que los intereses de unos pocos ahogan los derechos de casi todos. No hay un horizonte abarcable sino una pintura iluminada por el fervor del momento y la habilidad de un orador brillante.

Con esa contradicción uno se levanta este miércoles después del primer lunes de noviembre. Y en esas condiciones no sabe cómo echarse a la calle. Si con estas reflexiones o aquella primera voz interior ratificada por los tuits que la radio repite sin tregua…

– Nada es verdad. Pero todo depende de con qué lo compares…

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