En el reino de la moral la única norma es la ley. ¡Qué paradoja! O tal vez, ¡qué gran mentira!

Con frecuencia en el ámbito de la política se afirma que la norma que rige la convivencia es la ley. Sin abandonar cierta relación entre la legalidad y los principios éticos mayoritariamente compartidos, se resalta de este modo el carácter inequívoco y necesariamente compartido de los preceptos legales.

En el ámbito de la religión la cosa cambia. Nadie puede obviar la ley en el actividad pública, ni siquiera los más altos representantes de una iglesia. Pero en las actividades que se corresponden estrictamente con el espacio religioso la moral que se proclama no puede ser conculcada.

¿Entonces?

¿Cómo es posible que unos –los fieles– y otros–algunos infieles– afirmen o defiendan que la Iglesia no tiene nada que decir y que está obligada a respetar la decisión de la herederos del dictador Francisco Franco para que sea enterrado en la sepultura adquiridas en su día por la familia nada menos en la mismísima cripta de la catedral de la capital? ¿Alguien lo piensa de verdad sin asumir que esa decisión implica una evidente connivencia, hoy todavía, entre la iglesia católica española –y en especial la jerarquía eclesiástica– y la dictadura?

¿Aceptaría el cardenal Osoro, en complicidad con el sumo Francisco, el enterramiento en la cripta de una persona excomulgada? Si le han negado la comunión a un divorciado e incluso a una niña con una determinada deficiencia o el entierro a algún presunto delincuente…

Sin embargo, acepta dar cobijo en el recinto supuestamente sagrado a un individuo que provocó una guerra civil, que asesinó a miles de personas, que conculcó los derechos más elementales a la sociedad española, obligando al exilio a miles de españoles. ¿La iglesia tiene que aceptar el enterramiento de un tipo así en la catedral madrileña? ¿O es que la Iglesia quiere seguir ejerciendo, 44 años después de la muerte del dictador, como garante de aquella cruzada; es decir, de aquella enorme masacre?

Para la iglesia no se trata de una cuestión legal, sino fundamentalmente moral. Porque ese es su ámbito más específico. Y porque algunos principios no pueden ser negociables. Sin embargo, pese a la habilidad vaticana para sortear contradicciones, cabe temer que, una vez más, los jerarcas católicos nos van a sacar, una vez más y como casi siempre, de dudas.

Comclusión:

“¡Que me entierren en el Vaticano!”. El Roto. El País.

(Entradas relacionadas con este asunto: Diario. Octubre 2018, Política de lengua fácil y Los malos: cárcel o infierno).

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