Próculo Casiano asegura, e incluso se ofrece a defender su tesis en público, que el último banco que te roba es el que tienes ahora mismo, y que el anterior es el penúltimo. De un tiempo a esta parte añade que la última compañía eléctrica o de gas que te estafa es que la que te suministra el servicio en este instante, y que la anterior es la penúltima. Y así sucesivamente. Hagas lo que hagas.

Aunque metódico y riguroso en su ejercicio profesional como proctólogo –estaba predestinado desde que le inscribieron en el registro bajo una denominación tan clásica y tan culta–, aplica criterios más modernos a las otras materias en las que también se declara experto. De hecho, para alcanzar las conclusiones antes mencionadas no ha necesitado un largo ejercicio de análisis y comprobaciones sino la aplicación de la inteligencia emocional sin la que no se alcanza en estos tiempos a ser persona. Al principio fue una intuición; luego, la indignación se apropió del discurso. Ayer convocó un congreso.

Gas Natural–Endesa venía asediando a Próculo Casiano porque en el último mes no había abonado el servicio de mantenimiento del gas, amenazándole con considerarle e inscribirle como moroso, toda una ignominia para una celebridad ciceroniana. Hace ya más de un año él mismo había advertido a la empresa concesionaria del mantenimiento de la caldera de que dejaran de proponerle fechas para la revisión anual, porque no quería mantener el servicio. Y así una y otra vez, hasta que, dada la insistencia, tomó la decisión de ordenar al banco que dejaran de abonar el recibo, sin explicar, total para qué, que ni revisaban el aparato –según él, el artefacto– ni a él se le iba a ocurrir avisarles por una urgencia.

Próculo Casiano recordaba que la última vez le cambiaron una pieza del calentador (el ventilador: alrededor de 200 euros) fue, sencillamente, para comprobar si ese era el motivo del mal funcionamiento del aparato; al día siguiente se comprobó que la caldera, ay, seguía fallando. Habría que cambiar el cuadro electrónico, que subiría a un pico, explicó el técnico, pero, mientras el propietario se lo pensaba, el operario, para justificar el rato, raspó el óxido provocado por unas humedades que habían generado quienes realizaron la última revisión dejando abierto un boquete que, eso dijeron, iba a mejorar la ventilación. Tras el raspado, la caldera empezó a funcionar y así sigue sin protestas, arreglos o nuevas inversiones. TampocoNadie ha devuelto los 200 euros de la pieza que se había cambiado por si acaso.

Él había contratado con Gas Natural, explicaba Próculo Casiano a quien se le acercaba, porque estaba hasta el gorro de Iberdrola que, en su último año de contrato, llegó a pasarle facturas por consumos completamente irreales que duplicaban el verdadero de manera tan evidente que él mismo, patológicamente confiado, se había dado cuenta del abuso. Le cargaron en varias ocasiones más de 600 euros en el recibo bimestral pese a que a la propia compañía le parecía excesivo para una familia de hábitos tradicionales y ahorradores. De esa manera Próculo Casiano, en el momento en que recibía la factura de Iberdrola, se veía obligado a tomar varias decisiones incómodas: en primer lugar repasar la factura, luego bajar al cuarto de contadores para contrastar el consumo aplicado con el registrado, después ordenar al banco la devolución del cargo y, al fin, quejarse a la compañía y hacer una transferencia con el importe modificado. Sin indemnización ni disculpas, cuatro facturas de cada seis, trataron de recaudar el triple de lo que ya estaban autorizados a robar. Y por supuesto, tan contentos.

Cuando acababa de firmar el contrato con Gas Natural el propio vendedor que había acudido a proponerle, exitosamente, la ganga de su oferta le explicó que la lectura de los contadores la realizaba, casualmente, antes y en el futuro, Gas Natural, y no Iberdrola, como Próculo Casiano suponía. No obstante acababa de firmar y se resignó al absurdo hasta que se cansó de los nuevos engaños de los nuevos ladrones y se confió a Endesa con el señuelo de una importante rebaja, de mayor claridad en sus facturas, de bonificaciones. Escamado, al fin, por sus propias convicciones en torno la identidad estafadora de las compañías eléctricas y gasistas, reclamó antes del acuerdo una propuesta definitiva por escrito. Le aseguraron que el contrato no entraría en vigor hasta que se le hubiera remitido por correo y lo hubiera suscrito, pero que para eso tenía que firmar en la tableta la aceptación de la oferta. Protestó, porque temía lo evidente, pero hasta mil veces lo negó el vendedor con toda clase de gestos e incluso espasmos: la entrega del documento de identidad, la acreditación de la compañía, su domicilio e incluso a sus niños, la prueba irrefutable de su honestidad.

Dos años después Próculo Casiano no ha recibido el contrato escrito y, por tanto, no ha podido suscribirlo, pero las facturas de Endesa le han llegado mensualmente a su destino, que es el banco, donde se abonan sin rechistar so pena de morir por hipotermia en la ducha o por abrasamiento en los verano de un ático mal aislado del sol y sus calores. Resignado por extenuación, se niega a contrastar los consumos del papel y el contador, de comparar gastos entre periodos similares, de acordarse de… “Al fin, te pongas como te pongas”, afirma resignado, “te van a dar por ahi, Próculo Casiano”

Así hasta ayer mismo. La empresa subcontratada por Gas Natural Fenosa volvió a insistir en hacer la revisión de la caldera. Al prócer abatido le asomó una pizca de rebeldía y no solo respondió un enésimo no, sino que recordó que ya había advertido de que no quería ese servicio e incluso, a la vista de que no le hacían caso, había dado orden al banco de que rechazara los cargos correspondientes. “Pero usted tiene que darse previamente de baja en la compañía”, le dijeron. “Ya se lo he dicho a ustedes, que son los que prestan el servicio”, respondió. “Que no”, le dijeron. “Que sí”, les dijo. Ganaron ellos.

De ese modo se vio abocado al paso siguiente: ante una centralita automática que le requería diferentes pulsaciones hasta llegar a un operador después de numerosas advertencias de que “todo el personal está ocupado en estos momentos. Gracias por mantenerse a la espera”. De nada. Cientos de miles de personas contra el muro que no inventó Trump: los contestadores automáticos.

A la postre, el técnico. Tras media hora de ir y venir, pedir datos y contraseñas, ¡horror!, el número del titular del contrato no se correspondía con el número de DNI que figura en la factura. “Perdone, manténgase a la espera, tengo que realizar una consulta”. Tras varios mensajes agradeciendo la espera, reapareció el técnico. “Gracias por su espera, siga a la escucha, debo continuar la consulta”. ¿A quién se le arroja en esos momentos el teléfono a la cabeza? Vuelta a empezar. “Lo siento. Este es el departamento de bajas, pero no se la podemos tramitar, el problema es de índole superior”. Próculo Casiano aprovecha el momento para decir al vacío “Ustedes no resuelven nada, pero, entre los papeles que me han obligado a buscar, acabo de encontrar una factura por la que me pasaron, y pagué, hace un año, 120 euros por el servicio de mantenimiento, ¡Oiga, 120 euros!”. “Pues, sí; es lo normal, al haberse dado de baja en el servicio de suministro se le cobra un año por adelantado el de mantenimiento”. A tomar por… Próculo Casiano no conseguía entender, pedía explicaciones, desesperadamente aducía: “De sus respuestas colijo que el robo es legal, ¿no?”. Un desahogo.

Otro teléfono, otro contestador, otras líneas ocupadas, otra técnico que reclama los mismos datos, que se ofrece a resolver el problema, que retiene la llamada para hacer consultas, que se disculpa por la demora y agradece la espera y que, al fin, resuelve que va a informar a un órgano superior para que cambien los datos para poder proceder, así, en su momento, a l a baja. “¡Que yo solo quiero la baja”. “No se preocupe ya he señalado que lo tramiten con urgencia, porque usted quiere darse de baja”. “Con esas explicaciones no me van a dar de baja nunca”. El muro. Antes de romperse la crisma, Próculo Casiano recuerda las catilinarias que remiten a su identidad ciceroniana y aprovecha para plantear la factura con los 120 euros. Y le repiten “Está clarísimo. Al darse usted de baja del servicio de suministro, nosotros le cobramos por adelantado una anualidad del servicio de mantenimiento y, pasado ese tiempo, si usted no tramita la baja ya le pasamos los recibos mensualmente”. Él se disculpa: “Perdone, porque usted, señorita, seguramente no será responsable, pero esto equivale a la legalización del robo”. La técnico no se da por aludida. “Todo se va a arreglar, no se preocupe. Ya lo he marcado como urgente”.

Próculo Casiano se quedó amarrado al teléfono pensando que hace un par de días aun se planteaba cambiar de compañía suministradora, de volver incluso a Gas Natural. Le sacó del ensimismamiento una conversación entre sus dos últimos interlocutores: “¿Qué te ha parecido el tipo este?”. “Un ingenuo”. “Lo dice su nombre, mira que llamarse Por culo, Casiano…”.

“Próculo”, grito él. Deprimido, susurró: “Te roban, te estafan, te humillan. Mejor cambiar. Conoces gente y, de vez en cuando te desahogas. Eso sí, pagando”.

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