Si lo de Jordi Évole era una patraña o una superchería, ¿qué ha sido lo de Rajoy de hoy? Aunque el debate del estado de la nación no responda estrictamente a los códigos de un telediario o un documental, tampoco debe ser una pieza de ficción. Se ha parecido mucho. ¿Lo calificará así El País, tan justiciero con quienes le ponen en evidencia con el ejercicio de periodismo decente y sin sometimiento a quienes ostentan el poder económico y político? El editorialillo Una broma sin ninguna gracia, por ejemplo, parece una desmesura y, en cualquier caso, confunde.

¿Quién dijo que Operación Palace fuera un trabajo periodístico o, mejor, qué es exactamente eso en estos tiempos?

Estaba dirigido y realizado, entre otros, por periodistas, sí. En él participaban otros profesionales dignos de crédito. Todos ellos se pusieron de acuerdo para advertir a los ciudadanos de que más vale estar alerta ante los medios, porque son muchos los dispuestos a darnos gato por liebre? ¿Entre ellos, por ejemplo, El País y su editorialillo, otras veces tan pretendidamente humorístico e ingenioso?

El periodismo implica mediación, interpretación, subjetividad y, por ello, sin entrar en otras intenciones torticeras, que tanto abundan, el riesgo de falsear es tan cierto que los propios medios y, por supuesto, sus profesionales deben advertirlo, aunque sea contra sus propios intereses. Los medios audiovisuales constituyen una amenaza que requiere la autoprotección de los espectadores, indefensos frente a la narración audiovisual, en la que depositan su fe más que su confianza. Operación Palace quería advertir de ello y lo consiguió: fueron muchos los que se fiaron. Entre otras razones, porque los propios medios han convertido la confianza de los usuarios en su negocio, y para ello han antepuesto el marketing a la credibilidad basada en el rigor y la independencia.

Por eso, tal vez, algunos medios que en un tiempo nos parecieron decentes, ahora, cada día que pasa se nos antojan más serviles, aunque camuflados bajo una capa creciente de arrogancia. Se han especializado tanto en la venta de loza, electrodomésticos y ajuares que se han olvidado del rigor y el sometimiento a los hechos. y, ya puestos, se empeñan en ofender a quienes aún creen que es posible otra manera de respetar a los ciudadanos: con informaciones y, también, con alguna provocación.

Ni siquiera los periodistas dignos de crédito están inmunes al error, a los intereses, a la tergiversación, como no están al dolor de muelas o al insomnio. Por ello, en lugar de zaherir al que pone en evidencia la anomalía o su riesgo, se podría haber profundizado en la denuncia implícita del programa: el riesgo de manipulación de la realidad, la falta de transparencia de la sociedad en los asuntos más relevantes, la necesidad de generar instrumentos de defensa ciudadana, la importancia de la educación en el lenguaje audiovisual en una sociedad sometida a sus impactos y, por ello, a la emotividad más que al raciocinio….

Por ello los medios adquieren un poder que les excede, pero que ellos defienden, para la convivencia e incluso amenazar la transparencia, porque les importa más su relato que la verdad y su cuenta de resultados más que el rigor o el ejercicio del periodismo. Pero ¿cómo los que obran así y engañan a diario van a prevenir a los lectores de que están engañando, manipulando o condicionando a sus lectores, oyentes o espectadores?

– ¿Y por qué, pese a todo, sigo leyendo el periódico?

– Porque nos conocemos y sabemos de qué pie cojea.

– ¿Y a qué viene la furia de algunos de sus profesionales más conspicuos?

– Eso ya resulta más difícil de entender.

– ¿Será porque también cojean?

– Bueno, como tú o como yo.

– Yo, no.

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