Se armó la marimorena. Operación Palace, el programa que firmó Jordi Évole en La Sexta en el 33 aniversario del golpe de estado, fue visto por más de cinco millones de personas, casi una cuarta parte de los espectadores que en aquellos momentos se encontraban ante algún televisor. Una especie de documental sobre el 23F, en el que personajes conocidos, todos ellos testigos directos y excepcionales de los hechos ocurridos aquel día de febrero de 1981, ofrecían una versión inédita y sorprendente de la fechoría, que, distinta a lo escrito y contado hasta la fecha, provocó la atención y el sobresalto.

Los tuits, los guasaps –los teléfonos, en definitiva– alertaron sobre lo que ofrecía esa cadena, la quinta en el reparto del share televisivo, pero con prestigio de diferente por un hecho tan sorprendente como que en algunos de sus programas informativos el relato de la actualidad se aproxima a la calle; es decir, a lo real. Lo que ofrecía era una versión descabellada, aunque narrada con eficacia mediante un guión hábil, ingenioso, pródigo en disparates e incluso sentido del humor; capaz de aprovechar testimonios e imágenes vistos mil veces para trasladar una interpretación absolutamente distinta e incluso desquiciada.

Al final, los protagonistas se reían de sí mismos, de su interpretación, del desatino y de lo que podrían pensar los espectadores, temiendo que pudieran sentirse engañados, por lo que pedían disculpas: por la broma, la provocación o el juego, aunque no por su ngenuidad, y por ellos, mismos, en algunos casos personalidades merecedoras de un crédito dignamente alcanzado.

Muchas personas y todos los periodistas –no solo los más demagogos o desinformados, los simplemente envidiosos o quienes se arrogan la exclusividad de la sabiduría o el ingenio– se lanzaron a la polémica, incluidas las asociaciones que dicen defender el ejercicio periodístico y sus profesionales.

No importó que, descubierta la intención, reconocido el juego, solicitadas las disculpas de los protagonistas ante quienes hubieran podido sentirse engañados (por el relato) o desengañados (por la decepción causada a quienes confiaban en unas personas que habían puesto su propia credibilidad al servicio del experimento, la ficción falseada o el mero espectáculo), con las cartas sobre la mesa, fuera conveniente otra reflexión.

¿Cómo explicar reacciones tan radicales, impulsivas, entre los espectadores, supuestamente burlados, pero también supuestamente advertidos del riesgo de engaño implícito en cualquier proceso comunicativo e inevitable en los medios de comunicación?

Aquel mismo día la auténtica falsedad, el engaño irrefutable, la carencia absoluta de credibilidad la habían puesto sobre la mesa los verificadores del proceso de paz en Euskadi, los que solemnizaron una memez. Otra mentira del  día podía encontrarse en el silencio de los medios que más insisten en el repudiable fraude de los sindicatos a través de los eres o los cursos de formación ante las tropelías de la patronal madrileña, capaz de duplicar la cuantía de los mangoneos de los agentes sociales en toda España.

Ya puestos, se podrían haber denunciado las manipulaciones de otros muchos reportajes, documentales e incluso obras de ficción emitidos en televisiones públicas y privadas que abordaron el 23F con perspectivas edulcoradas, benévolas, panegiristas y, por tanto, mentirosas. No se denunció nada. Muchos de los medios ahora disidentes han emitido informaciones con idénticas intenciones babosas, ocultando hechos que han sido recogidos en trabajos de un extraordinario rigor: por ejemplo, el 23F, la verdad, de Francisco Medina, o el imprescindible Anatomía de un instante, de Javier Cercas.

Pero no. El lío estaba armado o, tal vez, había que armar el lío. Los periodistas se lanzaron a la piscina, convencidos de que había charco (cuestión de vocación). Y así se fueron publicando calificativos profundamente despectivos acerca del trabajo de Jordi Évole y su equipo. La redactora de televisión de El País reiteró a lo largo del día una idea que se impuso hasta llegar al editorial: “una recreación irreal, una patraña orquestada por La Sexta”. La calificación del programa como “patraña” tiene, más allá de lo que indica la RAE (“mentira o noticia fabulosa, de pura invención”, en su versión actual, que será corregirá en la próxima por “invención urdida con propósito de engañar”), una connotación profundamente despectiva. La “patraña orquestada” recuerda otros momentos perfectamente identificables con lo peor del verdadero 23F.

En cualquier caso, los lectores habituales de esa sección del periódico han leído en las páginas del mismo diario, de la misma sección y firmadas por la misma redactora patrañas mucho más evidentes y sin coartada: en un formato inequívocamente informativo, por ignorancia, por falta de profesionalidad o por algún apriorismo se han vertido mentiras, medias verdades y juicios sin otro fundamento que la intoxicación de parte. (Se pueden documentar un buen número de patrañas con relación con RTVE y la televisiones públicas, sugeridas por algún consejero manipulador y algún dirigente sin-vergüenza).

Resulta más difícil de entender la contundencia de otras reacciones suscritas por profesionales dignos de mayor crédito como Milagros Pérez Oliva, Javier Rodríguez Marcos o Joaquín Prieto. Se niega al periodista Évole la posibilidad de sumergirse en otros formatos por la confusión que puede generar o por el abuso de confianza que en él depositan lectores, oyentes o espectadores; y en todo caso se supone que el experimento reducirá, si no lo anula, el crédito conseguido gracias a su más reciente trayectoria.

¿No era evidente el cambio de formato elegido por Évole en esta ocasión: ni reportaje ni entrevista ni coloquio? ¿No estaba claro que no se trataba de  Salvados sino de una fórmula bien diferente? ¿No se advertía el sentido del humor que el guión dosificaba en un relato construido, bien es cierto, con aparente formalidad? ¿No puede el periodista intervenir en la sociedad y en la audiencia con otras propuestas que alerten al espectador de su fragilidad frente a los medios? Sorprende que las recriminaciones en aras de la credibilidad periodística las formulen profesionales que alternan trabajos rigurosos con intervenciones tertulianas, sobre lo humano y lo divino, sesgadas, con frecuencia mal documentadas y siempre tendentes a orientar la opinión de los demás antes que a favorecer el criterio libre de los oyentes o espectadores. Profesionales que, al menos en algunos ratos, están más cerca de la propaganda que de la información y por eso, seguramente, más condescendientes con quienes compatibilizan su trabajo periodístico con el publicitario que con este outsider o parvenu sin pedigrí.

En ese sentido sobresalen, por su desvergüenza, las críticas de dirigentes de las asociaciones profesionales, tan benevolentes con las anomalías que infectan el periodismo auténtico e incluso tan inmersas en la corrupción profesional que les permite compatibilizar y mezclar el relato de los hechos con la doctrina sobre lo que el ciudadano debe saber y hacer.

Cuando los críticos de la programación televisiva deciden ponerse estupendos, pronto encuentran una fórmula a mano: acusar a los demás de someter su trabajo, su ingenio o su intención a la audiencia. Si Évole pretendía conquistar un share o un rating maravilloso, lo logró: un 23,9 y 5,2 millones de media respectivamente, con un pico de más de seis  millones. Y en ese sentido habría que felicitarle, porque lo hizo honestamente: ¿puede hacer un periodista algo más digno en este tiempo que advertir a los lectores, oyentes o espectadores de que se protejan, de que recelen y maticen las informaciones, los análisis y las opiniones que los medios les transmiten? Porque una cosa es la realidad, otra la verdad  y una tercera la información; y esta, con demasiada frecuencia, más que ofrecer instrumentos para conocer los hechos, contribuye a confundirlos, esconderlos u olvidarlos.

¿Hay algo más necesario ahora mismo que la actitud crítica de los ciudadanos? No solo ante los políticos. En igual medida, por lo menos, ante los medios y los informadores, porque estos intermediarios han sido muchas veces, y son, cómplices, como poco, de la manera en que entendemos el mundo y de la escasa capacidad que se deja a los ciudadanos para transformarlo. ¿O eso es también responsabilidad ajena?

Ha habido además, solo faltaba, opiniones que han añadido reflexión crítica a la propuesta de Évole. Por ejemplo, las de Pepe Cervera e Íñigo Sáenz de Ugarte en eldiario.es. Sin embargo, han abundado las despectivas, las descalificatorias. Y ante este aluvión quizás solo quepa confiar en que Jordi Évole y su equipo se sigan haciendo acreedores de la confianza de los ciudadanos en su próxima trayectoria, a sabiendas de que también ellos pueden equivocarse o, más seguro aún, de que onseguirán mostrar tan solo una parte de la realidad que abordan. Y aún así, seguirían siendo un ejemplo a contraponer frente a muchos de quienes les han vituperado.

Sobre este mismo tema puede verse Operación patraña (2): el estado de la nación y De Buñuel al 23F: aprender a leer imágenes, en el que se hacía alguna referencia muy similar a alguna de las planeadas por Andrea Soriano. ¿Puras casualidades o meras coincidencias?

 

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