Jordi Solé Tura nos dejó la impresión de haber tratado con un tipo decente. Inteligente, culto, respetuoso y coherente. El homenaje que le hizo su hijo Albert –el documental Bucarest, la memoria perdida, que recibió un Goya–, recordando sus últimos años sin memoria, le hizo aún más entrañable.

Por todo ello, el artículo Solé Tura, el derecho a decidir, de Francesc de Carreras, que publica El País, me resulta especialmente interesante. Sobre todo, por la recopilación de textos y por la anécdota de la que parte.

Sin embargo, hay momentos en que el raciocinio importa poco. Estamos en otro tiempo, se argumenta. Y a lo otro, cuando se trata de marcar diferencias, se le imagina, supone o desea radicalmente distinto. Los matices no sirven. Razonar es tarea inútil.

Se jodió el Perú y hoy ya no importa cuándo, Zavalita.

Aunque alguno se quede hoy pensando en lo que escribió Jordi Solé Tura, sintetizado por Francesc de Carreras:

“En un país como el nuestro a estas alturas del siglo XX creo que no se puede seguir hablando del derecho de autodeterminación como mero principio ideológico, es decir, sin explicar claramente sus implicaciones políticas y, por tanto, sin ponerlo en relación con nuestro proceso histórico, con el modelo de Estado que hemos heredado y con el que se define en la Constitución (…)”. Y añade que la izquierda no puede ser ambigua en este tema ya que tal ambigüedad solo puede beneficiar a los partidos nacionalistas “en la medida que estos tienen en la ambigüedad su razón de ser”, pero “la izquierda no puede ser ambigua so pena de dejar de ser izquierda”.

“Aun suponiendo que el derecho de autodeterminación se entendiese como una consulta electoral en el territorio que aspirase a la independencia, es indudable que a esta consulta electoral sólo se podría llegar, o bien a través de un proceso insurreccional, o bien a través de una gran batalla política, con elementos insurreccionales por medio (…) Un conflicto de estas características no sería un choque entre la izquierda y la derecha, ni entre el progresismo y lareacción, sino un conflicto que atravesaría todas las clases sociales de España y que escindiría profundamente la sociedad (…)”. Siguiendo con la lógica de estos razonamientos, Solé Tura se pregunta si todo ello no “significaría también la ruptura de todos los partidos, sindicatos y grupos de la propia izquierda”, para concluir diciendo que “la izquierda no puede jugar con el derecho de autodeterminación”.

 

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