Si la designación de la nueva fiscal general del Estado equivalía a cavar una trinchera frente al poder de la oposición en el ámbito judicial, la elevación del jefe de gabinete al rango de supersecretario de Estado, con funciones de presidente adjunto, supone no solo la creación de un director de operaciones sino también el establecimiento de un cerco protector en torno al gobierno en general y a los ministros de Podemos en particular.

Iván Redondo es el antídoto de Pedro Sánchez para desactivar a Pablo Iglesias. Al dirigente podemita tal vez le hubiera gustado, hoy por hoy, ocupar el puesto del rasputín monclovita. Uno y otro se han manifestado respeto mutuo, aparte de su admiración compartida por las series de televisión, desde los tiempos del ala oeste y los juegos de tronos hasta lo que ha ido llegando después. Sin compartir ideología, asumen procedimientos y fórmulas muy similares a la hora de entender la política. Y se abrazan en público sin recato.

El poder les atrae por igual. Pero hay diferencias. A Iván Redondo no le gusta el escaparate. A Pablo Iglesias, sí. Uno rehuye a toda costa las cámaras: por convicción; le va en ello su eficacia. El otro gusta de los focos; en aras, cabe pensar, del mismo objetivo. Esa actitud les ha modelado. El destino les ha llevado a colaborar y a competir, un juego que ambos comparten y proclaman. El papel que ambos han asumido se libra en esos terrenos.

Sin embargo, desde las competencias, tan amplias como variadas, que el presidente del Gobierno ha asignado a su jefe de gabinete se manda más que desde un ministerio e incluso que desde la vicepresidencia segunda del ejecutivo; y se puede controlar casi tanto como todo el gobierno. Así cabe entender un ascenso tan redondo.

Iván está ahí, fundamentalmente, como némesis de Pablo. Y en ese ejercicio de afines y contrarios ambos son símbolo de la coalición e incluso del propio gobierno de coalición, aunque uno de ellos carezca de militancia, de carné e incluso de afinidad ideológica con la parte que representa. Tal vez, porque este gobierno, que se autodefine como progresista, recela de lo que autoproclama. Así se concluye de esa mezcla de izquierdismo en los márgenes, tecnocracia y ortodoxia liberal en el núcleo duro y herencia socialdemócrata por exigencias de partido. No frankestein, que decían otros, pero sí tan complejo que a ratos se interpreta contradictorio. Lo ha recordado Gabriel Rufián: la política obliga a desayunar contradicciones.

¿Es en eso en lo que hay que confiar; Iván y Pablo, mediante?

 

La pregunta correcta no es esa. Importa más esta otra. ¿La manera de hacer política que verdaderamente importa, la que permite comprender las decisiones de los representantes públicos, la que estimula el debate y la participación ciudadana, la que transforma la sociedad impulsando la igualdad, el diálogo y el compromiso con los menos favorecidos es la que se construye con esos mimbres? ¿En las circunstancias actuales?

Esta es la cuestión. Y la preocupación.

 

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