Luis Landero, Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina y hasta Juan Marsé han decidido apartarse de la ficción, siquiera por un rato, para encontrar en la no ficción su material narrativo. ¿Pura coincidencia? Todos ellos acuden a la propia experiencia para trazar sus nuevos escritos, tal vez porque, después de haber buceado en otras experiencias, han descubierto que, siguiendo a Baroja, lo que no es autobiografía es plagio.

No, no debe ser por eso. La autobiografía impregna casi siempre la ficción; no hay otro remedio que bucear en uno mismo para conocer el color de los sueños y, luego, contarlos. Sin experiencia propia no hay relato y, tampoco, literatura. De la misma manera que no la hay sin memoria e imaginación, en dosis desiguales, las que marcan la voz del escritor y, en cierta medida, el estilo.

A todo ello la gran literatura añade otro elemento fundamental: la capacidad de introspección a partir de lo vivido e incluso lo inventado; así se pasa del entretenimiento a la creación de referencias que permiten comprender el laberinto que nos rodea y comprendernos como seres complejos. Quizás por eso, en estos tiempos de zozobra, los escritores hayan acudido a la no ficción, porque la realidad requiere una atención tan prioritaria que cualquier desviación podría equivaler a una evasión.

Javier Cercas ya había sondeado esos territorios. Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y, en esa línea, ahora, El impostor: un ejercicio de aproximación a la realidad más acuciante, a la impostura absoluta en la que vivimos (ideológica, económica, social, de valores), a través de un personaje cuyo valor paradigmático solo podía construirse sobre carne y huesos.

Hay muchos aspectos en la obra que recuerdan a Enmanuel Carrère, ya sea El adversario y, en menor medida, su obra más reciente, Limónov. El propio Cercas le cita en varias ocasiones. Lo hace con otros muchos escritores o pensadores. Y sobre todo, lo hace con Cervantes y la dualidad entre Alonso Quijano y El Quijote, para sugerir la complejidad su relato.

Esta obra sobre Enric Marco lo es también sobre Javier Cercas. El escrutinio implacable sobre el personaje central es también un cuestionamiento del propio escritor y, además, una reflexión sobre la naturaleza de la literatura. El estilo elegido, el aparente despojo literario sobre el que se construye la narración, a favor de la espontaneidad oral, remite a un legado cultural profundo e ineludible. El desvelamiento de la arquitectura de la novela (o lo que sea), que en algunos momentos la aproxima a un reportaje sobre su construcción, convierte la ausencia absoluta de intriga en un ejercicio apasionante, sobre todo, por su carácter envolvente.

Si la consideración sobre el 23F ya no puede hacerse sin la referencia de Anatomía de un instante, cabe prever que la reflexión sobre la Transición o la Memoria histórica no podrá hacerse sin El impostor. La impostura, analizada aquí desde un caso extremo, patológico, no es el fruto de una perversión casual o esporádica. La de Enric Marco remite es un trasunto de la impostura de toda la creación de los mitos y los símbolos sobre los que asentamos muchas veces nuestra percepción de la realidad, o la impostura de cada uno de nosotros como generadores de una imagen, la nuestra, que compense y oculte las carencias o las frustraciones propias.

A este respecto no he podido por menos de recordar reiteradamente a lo largo de la lectura de El impostor una conversación con Carlos Castilla del Pino hace ya muchos años. Asistía a unas jornadas sobre comunicación y en un descanso pude charlar con él sobre algunos aspectos que me habían resultado interesantes. Entonces me aleccionó sobre la intencionalidad de la comunicación en el ámbito estrictamente interpersonal y me obligó, para siempre, a dudar de mí mismo. Me ha parecido que Javier Cercas ha querido insistirme en lo mismo. Él, desde luego, se lo aplica. No sé si alguien más.

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