Con los resultados electorales en la mano, y en el hígado, ¿qué solución de gobierno interesa a los ciudadanos?

¿Una que garantice la estabilidad? ¿Una que atienda a los problemas más graves que afectan a la ciudadanía y especialmente a los sectores menos favorecidos? ¿Las dos cosas? ¿En qué orden?

Para lo primero, la estabilidad, el mejor acuerdo sería uno ratificado por PSOE y PP mediante un programa de legislatura y una coalición. Sin embargo…

Los populares no parecen en condiciones de acordar algo así; en primer lugar, por su propia naturaleza, y después, porque los resultados electorales les han hecho rehenes de Vox; sienten su aliento en el cogote.

Para el PSOE también sería una operación de alto riesgo desde el punto de vista del partido. Y tan difícil de acordar como de gestionar.

¿Lo damos por imposible?

¿Podría valer para salvar la formación del gobierno, para la investidura y poco más? No hace falta discutir su viabilidad –más que escasa a tenor de las actitudes de unos y otros– sino reconocer que serviría, a lo sumo, como paripé. ¿Podría acordar algo coherente y razonable en políticas de igualdad, de reformas sociales y constitucionales, de presupuestos? Para colmo, dejaría al PSOE al albur de la voluntad del PP con la llave de los presupuestos, de la convocatoria electoral y del veto a cualquier pequeña discrepancia.

Esas vías parecen cegadas. La salida habrá que encontrarla en otras sendas menos contradictorias, aunque, tal vez, mucho más complejas.

 

¿Cuáles?

Descartada cualquier pretensión de gran pacto, Pedro Iglesias está obligado a tejer una alternativa: a favor de la investidura, de la legislatura, de un programa contra la desigualdad y de la convivencia, y, también, de iniciativas que pongan coto a la ultraderecha, demostrando que la exclusión social no se combate con identidades sino con medidas públicas y económicas.

Pero, ¿cómo? ¿Cómo resolver lo que no se pudo hacer antes, cuando las condiciones eran un poco menos desfavorables?

Frente al pesimismo general caben una matización –la situación parece peor, pero no lo es en la medida en que reclama una salida a las bravas, sin milongas– y una rectificación –el disparate ha llegado hasta tal punto que alguien tiene que entrar en razón–.

Tras las elecciones del 28A, Pedro Sánchez tenía varias opciones de acuerdo:  a izquierda o a derecha e incluso simultáneos. Tras el 10N, no le queda otra que un acuerdo con Podemos. ¿Cuál? No hay alternativa. Y hay que asumirlo.

Esa necesidad, que puede no satisfacer a muchos, tal vez permita, curiosamente, levantar puentes en otros problemas no menores, como el territorial. O sea, que las complicaciones extremas pueden alumbrar alguna expectativa. ¿Pura ingenuidad?

Se pueden esbozar algunos modelos para el acuerdo, pero esa cuestión, a estas horas, importa menos. El paso atrás puede servir para avanzar.

Pero deben cumplirse determinadas condiciones: lealtad entre los pilotos de este tiempo nuevo; sobre todo, con los ciudadanos. Los problemas son muchos y graves. Solo se podrán superar con transparencia, sin engaños ni artimañas, explicando las dificultades e invitando a todos a aceptar su complejidad.

La complejidad. Cuestión difícil de asumir, sobre todo cuando habrá muchos empeñados en hacer añicos la convivencia a base de alaridos. Razón de más para saber, en medio de la tormenta, que vivos. Y entre tanto, hay esperanza.

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