Como estaba previsto, el Parlamento dijo no. Y como parece previsible, el Parlamento repetirá su dictamen al caer el viernes día 4.

A partir de entonces, ¿qué?

Habrá que verlo.

Pablo-Iglesias-Pedro-Sanchez

Sin embargo, este debate de investidura fracasado o fallido o ambas cosas no habrá sido baladí.

En primer lugar porque ha ofrecido momentos de auténtico interés, porque se han planteado asuntos que atosigan a muchos ciudadanos, porque han confrontado propuestas respetables, porque ha dejado heridas de complicada curación, porque ha acumulado acusaciones de difícil rectificación, porque ha sembrado minas sobre los puentes que simultáneamente se esbozaban…

Y en última instancia no habrá sido baladí porque el fallo o el fracaso afecta a todos. Empezando por quienes participaron en la propuesta del pacto de gobierno negociado y suscrito, siguiendo por quienes la rechazaron y terminando por el conjunto de la sociedad a la que afectan sus decisiones,.

Al cabo de estos días la sociedad habrá comprendido, quizás, que esta fórmula, la del pacto de gobierno, inédita en la democracia española reciente, apartaba del foco principal del análisis y la disputa a los programas electorales de los partidos que lo sustentaban, para convertir el compromiso acordado en el verdadero paradigma del debate. Sin embargo, en muchas ocasiones, por parte de unas y otras formaciones, poco más o poco menos, no ha sido así, porque ninguna de ellas renunció a mirar al día después del fallo o el fracaso definitivo.

Pactos_de_gobierno-debate_investidura-Pedro_Sanchez-Pablo_Iglesias_MDSVID20160229_0226_17Y solo eso justifica la calificación de esta investidura, o su debate, como fracasada o fallida. Es lo que alientan las miradas oblicuas, las de los miopes que simulan mirar lejos o las que se esconden para cegar la salida.

Si el acuerdo PSOE-Ciudadanos no tiene sentido, como arguye Rajoy, un acuerdo PP-Ciudadanos, sin apoyo del PSOE, tampoco lo tendría. El PP apuesta, pues, por dejar que transcurran, vacíos de compromisos, los dos meses obligatorios hasta las nuevas elecciones. O por enredar, para distraer a los electores y a sus rivales.

Si la soberanía de los Estados está secuestrada por poderes económicos situados fuera del cauce político, como aduce razonadamente Podemos, la honestidad y la coherencia obligan a buenas dosis de pragmatismo para sortear ese secuestro; o sea, un plan de gobierno estimulante que no aboque a una frustración mayor.

Si fuera cierta la voluntad de integración con los grupos a su izquierda que adujo el PSOE, Pedro Sánchez podía haber mostrado con Podemos una actitud favorable a la complicidad, aun a costa de afrontar abiertamente el pulso que le lanzaron los barones de su propio partido.

pedro-sanchez-pablo-iglesias-durant-debat-quatre-celebrat-antena-sexta-dia-1451128728763Sin embargo, cuando Sánchez e Iglesias confrontaron algunas propuestas se atisbó un debate político relevante, cercano a los intereses de los ciudadanos, en el terreno abierto de unas posiciones ideológicas definidas. Sin embargo, la impertinencia adolescente de unos, deseosos de acabar con el padre incluso de manera violenta, y la cobardía acomodaticia de otros, que, optando por el pragmatismo, abdican de la fuerza transformadora de los principios, no solo impiden una aproximación estimulante sino que también siembran de minas el camino posible hacia un encuentro de futuro.

Pronto quedó claro que las preguntas retóricas de Sánchez, con las que trataba de responsabilizar a Podemos del fracaso, no eran más que una treta falaz. Y por eso el arrogante y agrio discurso de Iglesias se convirtió, por innecesario, en una declaración de hostilidades.

A fin de cuentas, en ellos descansan las expectativas de un cambio razonable y necesario. ¿Por qué se esfuerzan en lo contrario? Y si no es así, si solo se trata de tácticas o de fogueos, su actitud los descalifica por  la frustración que abonan y por su desprecio a los que esperan y reclaman el compromiso.

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