En los últimos años los patrones de la información deportiva (la futbolística en particular) han conseguido traspasar, tanto en prensa como en radio e incluso en televisión, su parcela sectorial para convertirse en paradigma del modelo imperante en la sociedad actual para la información general y, en especial, para la política.

Las opinión trufada de información, la confrontación rayana en el insulto, la anécdota por encima de la categoría, la emoción como principal recurso para el asentimiento del espectador, el sectarismo… se han consolidado, a tenor de lo que se ve, lee o escucha, como elementos básicos de la preceptiva informativa. ¿Parece exagerado?

Acaba de terminar un partido importante –clásico, lo llaman– que ha tenido alternativas y momentos excelentes desde el punto de vista meramente deportivo. La radio descubre que del encuentro solo merece atención el arbitraje: funesto, tendencioso, inconcebible, aunque cada uno de los intervinientes añade epítetos en una u otra dirección según sus filias y fobias. Decido refugiarme en el baloncesto porque en ese juego todo se explica y solo se explica a través del juego. De la misma manera que la política debe explicarse a través de la política. Por ejemplo. Hay redundancias que resultan raras.

La estupidez resuena en cada tertulia y alcanza puntos delirantes cuando lo políticamente correcto se introduce en las cabezas de quienes nunca pensaron. En un programa deportivo se glosa con entusiasmo que un equipo de fútbol –masculino, por supuesto– celebre la última copa conquistada junto a su homólogo femenino, campeón de liga. Las jugadoras saludan en ese momento a la afición y así lo señalan los reporteros que acaban de glosar la fiesta igualitaria para cortar la celebración en seco: “Vamos ahora con otros asuntos de la actualidad deportiva hasta que lleguen los Simeone, Godin, Griezzman, Torres, Costa…”.

Nada que añadir. Es imposible amueblar un descampado.

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