Aunque la heroicidad no se puede exigir, a quien presume de héroe se le debe señalar cuando actúa como villano.

En algunos medios y, sobre todo, en las redes sociales se ha condenado el silencio de Iñaki Gabilondo a propósito de las represalias de Juan Luis Cebrián contra quienes osaron mentar su nombre en relación con los papeles de Panamá. Y aún más se ha denigrado la complaciente entrevista de Pepa Bueno al propio presidente de Prisa con motivo del 40 aniversario de El País.

1La reflexión a la que invita esta avalancha tuitera y facebookera desborda el caso concreto.

Quien no se ha visto atrapado en las contradicciones de su entorno profesional no ha ejercido de periodista. Es decir, no ha trabajado en una redacción ni ha desempeñado esa profesión. Tampoco se trata de una enfermedad exclusivamente derivada de ese oficio, sino que en él resulta inevitable de antemano.

Con frecuencia se piensa que los periodistas defienden la libertad y la independencia contra los poderosos, pero esa es la batalla que corresponde a los medios de comunicación, en la que con frecuencia ceden e incluso sucumben. La defensa de la libertad y la independencia de los profesionales del periodismo se libra ante sus empresas o contra ellas, y en ese empeño muchas veces ceden o sucumben.

166361Ocurre así. Y a diario. En ocasiones el periodista calla, mira hacia otro lado, esperanzado en que, en el mejor de los casos, al día siguiente podrá aprovechar el amplificador del que dispone para contar lo que ve que pasa. Agacha la cabeza para avanzar sobre el suelo o el barro que se pisa. Cuestión de supervivencia. Ese asunto lo planteó hace unos días Pablo Iglesias y los medios saltaron en tropel contra lo obvio.

Lo verdaderamente aberrante no son algunos silencios sino los gritos convertidos en hábito frente a quienes, porque no pueden imponer límites, deben aceptar que se les falte al respeto. Una cosa es el silencio escapista del profesional de la palabra o la imagen y, otra, la complicidad muda, aunque cómplice, del que grita a diario. Lo primero resulta, así, en absoluto, cotidiano, lamentable e inevitable; lo segundo es una aberración, pero no tanto en el momento excepcional como en el ordinario, cuando no solo se ofende al interlocutor o al personaje noticiable sino también al lector, oyente o espectador, destinatario del ampuloso desbordamiento de quien no debe ser más que intermediario.

Por eso la heroicidad no se puede exigir, pero a quien presume de héroe se le debe señalar cuando actúa como villano.

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