El periodismo está fatal. Quienes sigan estas deprimentes reflexiones agoreras sabrán que ese axioma se predica en este lagar (o lugar) casi a diario. Hay más botones (no confundir con bosones) de muestra.

A algún medio le ha llamado la atención que al electricista de la catedral de Santiago –el que lo fue antes de pelearse con el deán y de que desapareciera el Códice Calixtino– le gustara hablar en público sobre el robo y la falta de seguridad del patrimonio catedralicio compostelano.

Tan habituados están los medios a consultar a quienes no saben que, cuando se le pregunta a alguien que sí sabe, se extrañan. El electricista, ahora tenemos plena constancia, estaba muy bien informado. Conocía la desprotección de los fondos patrimoniales del cabildo como muy pocos y, por ello, estaba capacitado para pregonarlo. Era su deber, su misión.

¿Alguien puede dudarlo? Él ha resuelto cualquier disquisición al respecto.

¿Le encerrarán por eso?

 

El deán, antiguo amigo y protector, sin embargo, califica al personaje como un paranoico. Es lo que da la teología, que permite obtener conclusiones de lo más científicas[1]. Y lo explica, después de repetir en entrevistas e intervenciones múltiples, algunas ante el propio juez que investigó el caso, que el único que ha resultado afectado, perjudicado, menoscabado, agredido y deprimido ha sido él, que ya no conseguirá recuperarse, porque ha perdido años de vida y torrentes de salud, sin haber cometido acto impuro alguno. Ni siquiera el de haber sido un lamentable guardián de un tesoro divino.

¿Llevarán al deán al sanatorio de los paranoicos o al panteón de los teólogos?

 

El caso del Códice Calixtino es un relato circular. El ladrón fue persona de confianza, aunque, según parece, ya trincaba cepillos y otros bienes patrimoniales e históricos, y hacía facsímiles sin permiso de la ministra Sinde ni, mucho menos, del ministro Wert, sin abandonar el reclinatorio y la misa diaria. Su caritativa denuncia del desatino catedralicio, no obstante, pasó desapercibida, porque casi todos los integrantes del coro y las salmodias canónicas tenían algo que ocultar. Y al juez le resultó harto difícil penetrar en los rincones de la sacristía y el cabildo. Mentían como bellacos, ocultaban información como delincuentes, serpenteaban como reptiles para confundir a Eva y a la manzana.

Se espera a Umberto Eco para que reescriba El nombre de la rosa.


[1] Monseñor Martínez Camino lo demuestra cada vez que habla. La última, en la presentación de la pastoral del amor, en la que se resalta que el bosón de Higgs de la sociedad echada a perder es la ideología de género y “el dogma pseudocientífico según el cual el ser humano nace sexualmente neutro”. Monseñor lo explica: «Primero se postuló la práctica de la sexualidad sin la apertura al don de los hijos: la anticoncepción  y el aborto. Después, la sexualidad sin matrimonio: el amor libre. Luego, la sexualidad sin amor. Más tarde, la producción de hijos sin relación sexual (fecundación in vitro). Por último, con el anticipo de la cultura unisex y el pensamiento feminista radical, se separó la sexualidad de la persona: ya no habría varón y mujer; el sexo sería un dato anatómico sin relevancia antropológica”. Purita teología.

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