El día 23 de noviembre, jueves, la compañía con la que tengo contratado el mantenimiento del gas me advierte de que, al día siguiente, pasará por mi domicilio a realizar la revisión anual a partir de las 10 de la mañana y antes de la una de la tarde. Cumplen con puntualidad: poco después de las 10.

La caldera funciona correctamente. Les corrijo: pierde presión, lo que me obliga a revisar la carga, al menos, dos veces al día. Comprueban que el problema existe y, tras una consulta con el especialista de la empresa en la marca de mi caldera, presupuestan la reparación (“vaso expansión, mano de obra e intercambiador”); en total, 417 euros, iva incluido. Quedamos en que valoraré si acepto el arreglo u opto por una caldera nueva.

Dos días después, la caldera, que ha permanecido desconectada durante el fin de semana, no funciona. O al menos, no funciona la calefacción de la vivienda. Ni pérdida de carga ni nada: los radiadores permanecen inalterables. Hablo con el servicio técnico. Se niegan a volver a casa, porque no se ha aceptado el presupuesto y la reparación que habían indicado. Yo mismo detecto el problema: alguien había limitado en el cuadro general la actividad de la caldera al agua caliente, excluyendo a los radiadores. La pérdida de presión se mantiene, pero la calefacción vuelve a funcionar.

El descontrol de la caldera se acentúa en los días siguientes. El día 30 ya no solo pierde presión con el paso de las horas sino que, tras usar el agua caliente, se dispara hasta alcanzar los cuatro bares (máximo recomendado: 1,5), lo que provoca la expulsión del agua sobrante. Nueva llamada al servicio técnico que, ahora sí, atiende la solicitud. Un nuevo técnico revisa el aparato y dictamina: no tiene sentido cambiar la caldera, el problema es sencillo (“vaso de expansión y válvula de seguridad”); en total, 147 euros (iva incluido). Sorpresa: 270 euros menos que el primer presupuesto. Sin embargo, no pueden proceder al arreglo porque previamente alguien tiene que retirar el armario metálico que protege la caldera; ellos no se pueden hacer responsables. Deberé avisarles, una vez el aparato quede liberado.

El día 1, un amigo y una casualidad consiguen resolver un problema que se me antojaba complicado, porque ya he sufrido que las empresas de carpintería metálica que aceptan el encargo de una instalación importante suelen negarse a este tipo de chapucillas. Un fontanero, cuya solvencia ya había comprobado en alguna ocasión anterior, se ocupa del desmontaje del armario. Durante el proceso el display de la caldera, que en revisiones anteriores ya se había descolgado y caído al suelo, por haberlo sujetado mal, reincide. A duras penas conseguimos restituir las conexiones a su estado original. Sin embargo, cuando los cables encuentran el contacto necesario, la caldera ya no se enciende y los datos del display se van a negro; desaparecen.

Nueva llamada al servicio técnico. Día 1. Insisten en que la avería ya fue detectada. Les advierto de que se trata de otra distinta. Se resisten a acceder a la petición, pero, a la postre, cumplen.

El mismo técnico de la vez anterior hace un diagnóstico alarmante: “Si el otro día le dije que no había que cambiar la caldera, ahora me parece que volvemos a la situación de partida; todo ha cambiado”. No obstante, hasta después del fin de semana no se podrá realizar el diagnóstico definitivo: si el problema es del display, del circuito electrónico o de ambos. Quedamos en que el lunes día 4 lo dirán. No obstante, el técnico me deja el presupuesto de la nueva caldera: 2.380 euros.

Durante el fin de semana busco y comparo calderas con su correspondiente instalación. La misma que me han presupuestado, se puede conseguir por 300 o 400 euros menos. No es poca cosa. Aplazo la revisión hasta el diagnóstico definitivo y, para ello, el lunes día 4, a primera hora de la mañana, requiero a la empresa concesionaria del mantenimiento que me indiquen a qué hora van a pasar por casa. Me indican que hasta la tarde no podrá ser, que a las 15.30 me avisarán. No lo hacen y a las 17.00 reclamo. Responden que la visita está prevista para la tarde del día siguiente. Me quejo. Me pasan a otra persona. Dice que están pendientes de la llegada de un cable. Protesto. No se trata de un cable. Me remiten a una llamada que hará el propio técnico. Cumple. Explica que para hacer la comprobación que él mismo había sugerido hay que adquirir el display. Le comento que ese es un asunto suyo y que en ningún caso iba a pagar ese aparato si no se resolvía el problema. Como desconoce si la empresa lo va a aceptar, preguntará. Vuelve a llamar: ellos asumen el coste; harán la prueba el martes día 5 a primera hora de la tarde.

Continuará. Desde el día 1 estamos sin calefacción y agua caliente. En la calle se registran temperaturas bajo cero en la madrugada. Consigo ducharme con el agua helada y compruebo que estimula: la somnolencia matutina se resuelve de golpe. ¿Cuánto tiempo durará esta situación? ¿Qué nuevas peripecias nos esperan? Suena el teléfono: “Soy Carlos, le llamo de una compañía de estudios de opinión”. “Lo siento”. “Se trata de un cuestionario de efectos estadísticos sobre las compañías energéticas”. “¿Compañías energéticas? Llama usted en el momento adecuado. Le voy a responder, porque estoy enojado”. “Mejor así. Gracias. ¿Puede decirme con qué compañía tiene usted contratado el servicio eléctrico”. “Mire, si esto va a acabar haciéndome una propuesta para que cambie de compañía, mejor lo dejamos ahora mismo”. “Le aseguro que este cuestionario no tiene ninguna finalidad comercial”. “Lo voy a creer. Con Gas Natural”. “¿Qué tipo de gas utiliza?”. “Gas natural”. “¿Y la electricidad?”. “También con Gas Natural”. “Entonces, señor, ya no le molesto más: tenemos cubierto el cupo de clientes que se encuentran en su misma situación”. “Lo comprendo, pero si quiere contarle a Gas Natural mi experiencia, dígale que estoy dispuesto a hacerlo personalmente, que no me importa perder el tiempo”. “No le molesto más. Muchas gracias”. ¡Tongo!, musito para mis adentros.

Por la noche me desvelo. A fin de cuentas estoy en un error. El problema del display es ajeno al de la presión. El coste de la reparación subirá por encima de los 500 euros. No tiene sentido el arreglo. Hay que cambiar la caldera. No obstante, pido el presupuesto del display (250 euros) y el del circuito electrónico, por si acaso (casi 300 euros). Les pido que me olviden. Y que no les encargaré el reemplazo de la caldera porque su presupuesto es casi 400 euros más caro que otros. Lo he confirmado a través de internet y conversaciones personales con las empresas en cuestión. Me dicen que lo acepte, que es un regalo. Lo mismo le comunico al fontanero que retiró el armario y que se propuso como alternativa para la instalación de la nueva caldera. Dice que ese precio es imposible.

Me dirijo entonces al adjudicatario. Para empezar rectifica sobre el presupuesto inicial; arguye que no había incluido el termostato que le menciono cuando trato de confirmar exactamente el modelo de caldera solicitado. Estoy seguro de que lo hice. Sumo 90 euros. Le pido que concreten la fecha de instalación y que coloquen el armario que tuve que retirar y que, sospecho, ahora no querrá instalar el fontanero que contraté. Responde que eso es cosa de los instaladores, que lo trate con ellos. Me pide documentación, referencias… Se las doy. Queda en contestarme inmediatamente para establecer la fecha de instalación y su visita a mi casa para hacer comprobaciones sobre el terreno. Cinco horas después sigo esperando noticias.

Cojo el teléfono. No lo coge nadie. Escucho el contestador: “Usted, tampoco. Ya no me fío”, digo y cuelgo. Llamaré al fontanero. Al que acabó con cualquier esperanza de arreglo de la puta caldera.

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