Andrea ya puede morir, aunque sea despacito, consumiendo sus pequeñas reservas, mientras sus padres asisten al desenlace irreversible proyectado a cámara lenta.

Ellos, pese a todo, se muestran más tranquilos; piensan que su hija ya no sufre o que, al menos, dejará pronto de sufrir. Se conforman con que nadie tratará ahora de prolongar, por su fuerza, la agonía.

Los médicos han necesitado un as en la manga para excusar su obstinación: el agravamiento de la situación de la niña. ¿Cabe ese argucia para un desahuciado, en el mejor de los casos inconsciente, pero dolorido?

¿En nombre de quién se impone el sufrimiento? ¿Por qué hay que pedir permiso para morir a quienes en muchas ocasiones a lo largo de los tiempos no tuvieron que hacerlo para matar?

¿Quién puede arrogarse el derecho a decidir sobre la vida y la muerte de los demás? ¿Por qué algunos creyentes se empeñan en echarle un pulso a su propio dios, a ver quién puede más? ¿Cabe aspirar a una muerte plácida tras el último beso o una sonrisa definitiva? ¿En nombre de qué se exige una mueca fatal? ¿Qué pinta un juez en ese trance?

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