Esta entrada fue publicada previamente en Diario 2018. Enero.

Decidimos cerrar el periódico digital que habíamos abierto en Las Hurdes a finales del pasado año. Habíamos fracasado en nuestro empeño; o para ser más certero, había fracasado yo. Por propios errores. No fue en ningún momento un proyecto realista.

Habíamos tratado de insistir en su viabilidad contra toda lógica. Por pura cabezonería. Si resistíamos, pensaba yo, se valoraría su conveniencia y encontraríamos respaldo a la iniciativa. Craso error. Los apoyos se limitaron de algún “me gusta” en las redes, alguna palmadita condescendiente y muchos encogimientos de hombros. No iba con ellos.

Cumplido el año de actividad el balance resultaba exiguo. No habíamos conseguido cubrir la actividad de la comarca, no habíamos logrado la inmediatez que reclaman la actualidad e internet, no alcanzábamos a actualizar nuestro propio diseño. Éramos tan solo dos personas, con sus propios quehaceres y múltiples limitaciones.

Una vez más, un esfuerzo y un empeño inútiles.

Y sin embargo… el periódico alcanzó cierta notoriedad y ofreció oportunidades inequívocas. Basta ver, por ejemplo, el mapa que refleja la incidencia de las noticias difundidas.

Poco importa; puro espejismo.

Hemos dicho adiós, aunque dispuestos a empeñarnos de nuevo si alguien respalda el proyecto sin nuevos eufemismos. Consciente del inevitable final de la experiencia –la última se suma a otras anteriores–, busqué explicaciones. Y atisbé algunas que ahora cobijo al amparo del discurso que pronunció Gonzalo Hidalgo Bayal al recibir el reconocimiento del ayuntamiento de Plasencia con uno de los san fulgencios de este año.

Habló el escritor de su primera novela y de lo que él denominó efecto forastero, una fórmula narrativa que consiste en que “la llegada de alguien de fuera (forastero) saca a la superficie todas las hipocresías, las maldades, las cobardías de una familia, de un grupo o de una comunidad. La sola aparición del forastero genera el conflicto, a veces porque lo trae consigo, a veces porque lo provoca con su actuación y a veces, en fin, porque ante su mirada imparcial afloran todas las miserias latentes. Al final, si la trama es ortodoxa, los conflictos se resuelven y el forastero abandona el escenario”.

El efecto forastero está presente en Paradoja del interventor, sí, o en Nemo, por poner otro ejemplo, aunque el caso de somosHurdes, el periódico fracasado y las dos personas que tratamos de sostenerlo a flote seamos la antítesis del mudo bayaliano.

Hidalgo Bayal entendió que “tal vez la presencia de mi modesto interventor hiciera aflorar cierta miseria moral comunitaria, pero su actuación se limitaba a un continuo deambular anónimo: el pobre hombre no intervenía en nada, no arreglaba desaguisado alguno y se resignaba a su propia desventura”. Y por ello tuvo que idear un epígrafe distinto para la presentación y se le ocurrió acudir al síndrome del agrimensor, de raíces kafkianas, que “se empeña en vano en acceder al castillo, pero todos sus intentos se ven frustrados: da pie así al nacimiento del héroe de la épica moderna que da vueltas inútilmente en torno a un centro inaccesible. Algo así pasaba con mi modesto interventor: que andaba como alma en pena por una ciudad que no lo acogía, lo rechazaba y lo percibía como un cuerpo extraño. De ahí que al final terminara marchándose”.

Pues sí. En aquel empeño ahora abandonado quizás se puedan reconocer algunas coincidencias con el forastero y el agrodimensor. No estoy seguro, sin embargo, de que, pese a la admiración que profeso a Gonzalo Hidalgo Bayal, esa aproximación a algunos de sus personajes sirva de consuelo. Ni siquiera por lo que tengan de kafkianos.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.