Al término del último Consejo Europeo, todos los medios bienpensantes y bieninstalados de la vieja Europa coincidieron en proclamar la fuga del gobierno griego con el rabo entre las piernas, sometido a la lógica de los poderosos o, como los denominan algunos, los acreedores. Desde todos los ámbitos se anunció la derrota, por K.O. y en el primer asalto, del disidente ejecutivo heleno.

¿Fue así? ¿Lo fue absolutamente? ¿Se trató de un K.O.?

Con esas dudas, buscando interpretaciones disidentes, más voluntaristas que fundamentadas en la información disponible, Paul Krugman publicó Lo que Grecia ha conseguido. El premio nobel acudía a aliviar el ánimo de muchos ciudadanos, tan maltrecho en estos tiempos..

Para salir de dudas, los gobiernos español y portugués volvieron a la carga como adalides del sufrimiento colectivo. Ellos han encontrado en Grecia la referencia necesaria para justificar su propio desatino: otros están peor, incluso mucho peor y, además, se empeñan en seguir así. Ese es su fundamento. Lo dijo la hija de un maleante en el Congreso: “¡Que se jodan!”.

Siempre hubo personas que encontraban en los pobres la posibilidad de acrecentar su ejemplar ejercicio de la caridad. Con ese criterio, nada mejor que incrementar simultáneamente la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres. Para Rajoy y Passos Coelho es el camino a la búsqueda del cielo. Por las buenas, sin necesidad de asaltarlo.

¿No hay quien nos libre de esas rémoras? Si la respuesta es sí, ¿por qué no una patada entre las piernas?

– A quien corresponda, señoría. Por supuesto.

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