¿Santo o demonio? ¿Podemos o no?

La irrupción de Podemos en las elecciones europeas ha supuesto una bocanada de aire fresco o un tufo irrespirable. O ellos son la democracia en estado original o la perversión totalitaria disfrazada de ganado merino. No hay otra.

En Extremadura, en unos exámenes avalados por el gobierno regional, se ha pedido a los alumnos que expliquen cómo convencer a los amigos de que no voten a Podemos. Algunos medios digitales han convertido a este grupo de penenes, dicho sea en el menor sentido (gente que accede a una responsabilidad con más ilusión que sueldo), en salvapatrias. Y algún medio con antiguo pedigrí progresista se ha largado página y media para destacar las relaciones de algunos dirigentes de Podemos con Chaves, Maduro, Correa o Morales. Pensadores con carné berlinés han acusado al de la formación de “dictador nato”.

La derecha aprieta. Una parte de la izquierda duda. La indignada se entrega. Surgen enfrentamientos radicales y se esbozan alianzas, mientras en las entrañas del movimiento el bullicio del éxito alienta las primeras disputas.

Habrá tiempo.

Hay algo que invita a esperar, sugerencias que adquieren peso y que vienen de atrás, advertencias para comprender que no es la hora de los paquidermos. Sin embargo, eso no aboca a deslegitimar a quienes construyeron un camino imperfecto aunque mucho mejor que el que heredaron, a quienes asumieron riesgos que algunos recién llegados ni conocen ni saben apreciar, a quienes alentaron una transformación social cierta, pese a todas sus chapuzas, sus contradicciones e incluso sus graves retrocesos de los últimos años.

El tiempo transcurrido y el camino recorrido reclaman cambios imprescindibles. Podemos ha puesto algunos de manifiesto. No solo porque los hermeneutas de la realidad así lo hayan dicho o porque los afectados por su ascenso hayan sentido el escozor que delata su incertidumbre e incluso su podredumbre. Sino porque ahora lo que se veía venir ya está a la vista. Es lo que tiene padecer de cataratas: se ve más por el chichón que por los ojos, turbios.

Agradezcamos a Podemos, como poco, la utilidad del topetazo. Sin embargo, habrá que estar atentos a sus respuestas programáticas y organizativas, más allá de los twits y las tertulias; sin respuestas ciertas lo que no parece un suflé terminará siéndolo, pero puede que, con ellas, lo que parece un suflé terminará desinflándose a la salida del horno, tras la calentura.

A primera vista, la formación deberá resolver sus tensiones internas para evitar la contradicción o la nadería, al menos desde una doble perspectiva: por una parte, articulando una propuesta fiable y coherente en su globalidad –no basta con amontonar sugerencias más que menos atractivas– y, frente a una realidad hostil desde el punto de vista ideológico/económico, no bastan cuentos de la lechera, porque el adversario es el mercado al que la vaquera confió sus sueños; y por otra, reconociendo el mérito de haber planteado el modelo de partido como una cuestión central del propio proyecto, vacunándose contra el riesgo de la enfermedad degenerativa o autodestructiva por razones genéticas.

Merece la pena, porque hacen falta iniciativas atentas a la evolución de realidad y de las cosas. Para saber, por ejemplo, si la confrontación radical se sitúa en lo democrático frente a lo no democrático o si el problema central se encuentra en la desigualdad que refleja el más profundo de los conflictos, el de los intereses de clase o el poder de la esclavitud de la inmensa mayoría frente a quienes ostentan el dinero, que es el poder. En Podemos hasta ahora se han escuchado opiniones contrapuestas y, casi siempre, un tanto simples.

Por ello, y también desde el punto de vista de quien defiende la extraordinaria importancia de la comunicación en la articulación de la sociedad, convendría saber, además, si la democracia interna que la formación abandera es compatible con el pensamiento en red (y en 140 caracteres) o en tertulia, dos productos de dudosa fiabilidad sobre los que se ha asentado la vertiginosa irrupción del movimiento y cuyo hábil manejo han loado los más conspicuos defensores de la formación.

En esta reflexión quizás se escondan algunos recelos viejos (o de viejos), pero no menos ciertos que los expresados por el propio círculo directivo cuando descalifica a otras formaciones que, como poco, han contribuido a que esta sociedad despreciable hoy lo sea un poco menos de lo que llegó a ser. Por todo ello es necesario estar atentos al sentido de la marcha, porque para transformar lo que tenemos hay que contar con todos los que lo Queremos.

La animadversión que Podemos ha provocado en determinados sectores resulta tan fácil de entender como difícil de comprender la adhesión incondicional de otras esferas que cabía presumir menos sectarias. Por ejemplo, más allá de la intencionalidad del medio, no resulta digerible el arrebato contra las informaciones que vinculan a algunos dirigentes de Podemos con la asesoría a determinados dirigentes latinoamericanos; en primer lugar, porque ¿cuál es el problema?, y en segundo, porque ¿a qué se debe que quienes tanto insisten en el derecho del ciudadano a su propia opinión le nieguen una información que ese mismo ciudadano valorará como le apetezca?

Si en muchas ocasiones la izquierda ha demostrado un afán cainita, Podemos y quienes les loan deberían empeñarse en erradicar el riesgo: el germen de la escisión puede brotar de lo más íntimo de sus principios y alimentarse de sus procedimientos. La confrontación abierta o la descalificación de la casta inducen más al sectarismo que a la transformación de la sociedad, a la ambición de poder que a la proposición de políticas de igualdad, al dogmatismo que a la cooperación desde posiciones diversas. Y sin esto último, la derrota final que nos tememos estará definitivamente asegurada.

Sin embargo, Podemos ha puesto sobre el tapete aspectos sustanciales que todos los demás deberán considerar, so pena de perder el crédito ciudadano que aún les quede: la sociedad no es un vagón de mercancías conducido por una tripulación de profesionales más o, sobre todo, menos preparados. El camino aquí se anda. Y la ruta no transita rieles inmutables sino senderos que podemos ir desbrozando. Para esto hacen falta buenas piernas y muchos brazos, pero también una brújula, para saber si vamos a donde Queremos.

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