Cuando Íñigo Errejón responsabiliza al PSOE de las disensiones en el seno de Podemos. Cuando Juan Carlos Monedero acusa por lo mismo al contubernio de las fuerzas del mal. Cuando Pablo Iglesias, habitualmente tan solícito, desaparece para esconder la tormenta que afecta a su partido.

Cuando se niega el valor del debate en el seno de una formación política. Cuando se anhela la uniformidad carcelaria de los partidos convencionales por encima de la crítica interna y la discusión. Cuando el PSOE confía en que las crisis de Podemos les lleven a evitar elecciones.

Esas respuestas ofenden a quienes guardan memoria de otros tiempos cercanos y lejanos. Aquellos, cercanos, en los que cualquier desperfecto a uno u otro lado del espectro político se consideraba una ofensa manipulada por el adversario. Aquellos, lejanos, en los que las críticas a la dictadura o a la mordaza que ella propiciaba se zanjaba como una patraña extranjera, comunista, judeomasónica…

La sociedad merece otra consideración: un poco de respeto. Que alguien, de los que ocupan puestos de representación e influencia, deje de tratar a los ciudadanos como memos, de someter la reflexión a la propaganda, de anteponer el poder personal o del grupo dirigente a la gloria de un colectivo crítico y activo.

url-1La negación de los problemas o las tensiones conducen a la esterilidad, porque, cuando la culpa es de los otros, los males propios carecen de remedio.

Y el empecinamiento en la excusa remite, en cualquier caso, al viejo ejercicio de la infamia.

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