Se le disparó la lengua una vez más. Carmen Calvo, la vicepresidenta, es de palabra rápida y fácil. Se quema sola. Se siente en la obligación de transmitir el partido en directo y de cantar goles antes de que el árbitro resuelva el fuera de juego previo. Le gusta el titular más que el acuerdo y, por ello, pone en riesgo al acuerdo y al titular. La decepción es el resultado.

Su visita al Vaticano le ha hecho reincidir en el exceso. Anunció algo que la otra parte rectificó poco después.

El aparente desmentido no necesariamente tiene que ser cierto: la diplomacia vaticana es experta en ambigüedades y mentiras y la vicepresidenta reitera que su comunicado fue visado por la secretaría de Estado vaticana y por los dos secretarios de Estado del Gobierno español que la acompañaban.

Sin embargo, ¿por qué correr, por qué reincidir en las prisas –según los anuncios iniciales, Franco debía haber estrenado su nueva tumba hace meses–, por que no esperar a que se hubieran resuelto matices y actuaciones cargados de complejidad y de matices?

El error de Carmen Calvo lo es también del Gobierno en su conjunto y del presidente en particular: errores de precipitación que abocan la crítica, a la desconfianza y a la decepción. Quién coordine su comunicación aún no ha entendido que por esta vía el Gobierno pierde agua a raudales y la sociedad gana hastío. Es la consecuencia de pensar que las dificultades para gobernar de manera efectiva se resuelven con tuits en lugar de la reflexión que debe demandar una sociedad adulta.

El entorno, bien es cierto, no ayuda. Por eso, precisamente, el error no desarma a los que niegan la razón sino que añade confusión a este inmenso barullo en que vivimos.

(Entradas relacionadas con este asunto: Obispos: leyes contra moral, Diario. Octubre 2018, fácil y Los malos: cárcel o infierno).

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