Solo desde la complejidad se puede comprender la realidad y transformarla. Las contradicciones forman parte de los análisis más lúcidos e incluso de la acción política, porque consecuencia tanto de la complejidad como de las tensiones que generan las diferentes fuerzas presentes en cualquier situación social.

En ese sentido hay que reconocer el interés de las reflexiones que no eluden la complejidad y la contradicción y destacar el esfuerzo de algún medio de comunicación digital en pro de la neutralidad –término un tanto confuso y periodísticamente bajo sospecha– en la interpretación de los despropósitos políticos, económicos y sociales que ocurren en Venezuela.

En ese espacio se sitúan, por ejemplo, dos trabajos de Rodrigo Ponce de León (el de Las claves para entender la crisis y el de Bulos, dudas y certezas… ) y el de Carlos Hernández Nada es blanco o negro en diario.es.

Sin embargo, más allá de la discusión acerca de algunas afirmaciones, en los tres casos surgen preguntas recurrentes: ¿qué le pedimos a los “nuestros”?, ¿acaso los errores de los otros nos justifican o disculpan?, ¿los cielos necesitan gobierno o esta es solo una necesidad de la tierra o del barro?

Por ejemplo. ¿La necesidad de competir contra un partido dopado electoralmente justifica la corrupción de cualquier otro, sobre todo si parece defender posiciones que resultan más cercanas?

¿El disparate del gobierno español frente a las reclamaciones de amplios sectores de Cataluña legitima el secesionismo? ¿El reconocimiento de la identidad catalana conduce a que sus decisiones puedan resolverse sin la participación del conjunto de los españoles, a los que aquellas afectarán de manera ineludible?

Estábamos en Venezuela. ¿La identificación de las clases populares con el gobierno venezolano legitima su ineficiencia ante la crisis inocultable que padece la sociedad? ¿La presencia de sectores oligárquicos dentro de la oposición excusa la incapacidad de un gobierno aferrado al poder y vacío de soluciones? ¿Los “nuestros” no deben irse a la calle cuando son incapaces de resolver los problemas más elementales de los ciudadanos? ¿Debemos justificar a los “nuestros” por ser nuestros o repudiarlos si sus acciones fracasan, sus métodos se corrompen o sus intereses se enturbian? ¿El fraude de “los nuestros” no es aún peor que el de “los otros”, porque se infringe a los mismos, pero en nuestro nombre? ¿El engaño no incrementa la rabia?

Pues eso.

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