Falta hacía. Voluntad y compromisos para romper estos años aciagos de austeridad que han arruinado familias y han quebrado algunos de los pilares de la convivencia. La siembra de una nueva expectativa era necesaria y, por ello, el acuerdo tantas veces frustrado de los partidos que comparten ideas de solidaridad y progreso, resultaba imprescindible. Así los acuerdos entre PSOE y Podemos sobre presupuestos se pueden recibir con alivio e incluso con entusiasmo, después de lo sufrido.

Nada que oponer, pues –aunque la izquierda no sepa vivir sin contradicciones internas–, a lo acordado en lo relativo a beneficios sociales… siempre que se vea compensado con un incremento de los ingresos que el papel suscrito prevé, pero no garantiza. Los vaivenes en la negociación de los ámbitos de los incrementos fiscales, la incertidumbre sobre su eficacia, el riesgo de que reviertan contra los propios ciudadanos beneficiados por las medidas redistributivas ya suponen una alerta; alta, casi máxima. El riesgo del desajuste es déficit y, por tanto, deuda y, en consecuencia, descenso de los recursos disponibles a corto y medio plazo.

Aplicar el incremento de las partidas de gasto no se antoja extraordinariamente complejo. Cuestión de tiempo, y no largo. Conseguir el aumento de los ingresos requerirá, por el contrario, esfuerzos ímprobos, debates y amenazas, resistencias e incluso bloqueos. Ya están sobre la mesa: algunas de esas actitudes ya han forzado la corrección de algunas de las iniciativas previstas en la fase de negociación, ya han surgido voces enemigas y ya se sabe que en esta sociedad quién tiene más fuerza para tales batallas.

No basta el compromiso de los que perdieron más –que ni siquiera está asegurado, a tenor de lo que muchos votan–, sino el apoyo de quienes perdieron menos o superaron la crisis sin secuelas graves. Ahí sí se pone de manifiesto la verdadera solidaridad de la sociedad. Mucho más, aunque sin imágenes, que en unas inundaciones o un incendio. Porque, respetando a los damnificados y sin ignorar a las víctimas de esas catástrofes naturales –Mallorca está en la mente–, en ese otro terreno, el de los presupuestos, se deciden las condiciones de vida de, al menos, la población más afectada por la desigualdad; si no, la de la población entera. Aquí sí hay innumerables damnificados e incluso víctimas mortales.

O sea, es necesario exigir a los poderosos que devuelvan parte de lo que acumularon, pero otros muchos sectores de la ciudadanía –y no solo los pertenecientes a esa casta– deben estar dispuestos a contribuir en mayor medida que hasta ahora. Sin embargo, eso no se plantea, porque los partidos, incluidos los de izquierda, temen más que nada a ser ellos los damnificados, a título electoral.

 

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