Había pasado el Black Friday. Había concluido el horario comercial del Cyber Monday. Comenzaba el gran Debate de la era moderna. Esa fue la secuencia.

Tres aspirantes tomaban posición tras sus atriles y un cuarto, el titular del sillón, decidía quedarse en el spa de una entrevista en la cadena amiga. Diferentes estrategias de marketing.

El gran Debate concitó la atención, aunque fuera a través de internet y 13Tv (la única cadena, tan episcopal ella, que lo ofreció en directo cosechando una audiencia record) por razones muy diversas: la insistencia del medio que lo convocaba, la abundancia de recursos tecnológicos en aras de una supuesta transparencia y una mayor participación, lo inédito del encuentro de tres candidatos representantes de la generación tertuliana, el interés de espectáculo con pretensiones cívicas…

Y al parecer, no defraudó. Los medios digitales aceptaron el producto audiovisual e interactivo con generosidad y los periódicos convencionales con la racanería habitual cuando la información surge en otra esquina de la competencia; en nombre, se supone, del valor público de la información que defienden.

Dado el entusiasmo y a pesar de las deficiencias de la transmisión (bloqueo de la señal, doble audio, interrupciones y falta de sincronización…) y de las dudas propias acerca de la fórmula y del abuso de la propaganda que prometía lo imposible, me planté ante el ordenador, el portátil y la tableta para seguir el evento en toda su complejidad. A la postre el portátil me sirvió de tele. No más, pero con mucho ruido alrededor.

Los analistas se ocuparon de presentar el evento como el mayor acontecimiento pugilístico de la historia democrática nacional. Analizaron los flancos débiles de cada contrincante desde la superioridad moral de sus asientos de barrera. Calentaron los prolegómenos. Y dieron paso a la pelea

Un cuadrilátero para tres

Tomó la iniciativa Albert Rivera: intenso, precipitado. Respondió Pedro Sánchez, dejando ver las horas de gimnasio. En su turno, Pablo Iglesias controló el ímpetu con su propia estrategia: en los comienzos, mejor el tanteo. La transmisión bordeaba el fiasco técnico.

La posición en el ring –el sorteo a veces produce resultados lógicos– denotaba la peculiaridad de la disputa. Rivera e Iglesias tenían a Pedro Sánchez al alcance de sus brazos y el candidato socialista, para zafarse del doble asedio, buscó el punch-ball del que faltaba, como si el campeonato se fuera a librar (tal vez eso sea cierto) en otro sitio y ante otro rival. Pronto se vio, sin embargo, que esa táctica no bastaría para salir vivo de ese envite.

Albert Rivera acumulaba propuestas para marcar el ritmo y ganar puntos en la confianza de los jueces. Pablo Iglesias, aguardando su momento, reclamaba sosiego para demostrar que la coleta no debe confundirse con los cuernos. Pedro Sánchez exhibía su condición de miembro de una saga pugilística que ha conseguido campeonatos y que, por ello, no necesita gritar más alto en el pesaje.

El candidato del PSOE rindió homenaje permanente a su partido y a sus militantes (¿una estrategia en este primer envite?) para presumir de pedigrí reformador y progresista frente a dos parvenu o outsiders, casi recién llegados, sin bagaje ni historial; a cambio se vio desguarnecido frente los golpes laterales que aporreaban sus riñones por la falta de credibilidad de sus propuestas, pese a su apariencia razonable; insistió por ello en la confrontación con el ausente para defenderse del martilleo de Albert Rivera que homologaba machaconamente a PP y a PSOE; una debilidad sobre la que también percutía Pablo Iglesias, erigido en representante contemporáneo de lo mejor del socialismo de la Transición sin mácula de contaminación con el poder.

El púgil que ocupaba el centro del ring fue acusando el desgaste de la contienda a múltiples bandas y, aun sin perder la orientación estratégica, perdió frescura e incluso concentración en algunos momentos de la pelea. Albert Rivera mantuvo la tenacidad de su asedio para una victoria a los puntos, conocedor de que en su plan no cabe un triunfo por k.o. sin asumir el riesgo de desguarnecer el premeditado afán de equilibrio y centralidad. Esquivó la acusación de ser un candidato de derechas con una finta de despiste y mantuvo su tono competitivo, reconocido y apreciado por los jueces, puesto que su competidor natural, el no compareciente, le permitía concentrar la defensa en el flanco izquierdo, porque los rivales no amenazaban la fragilidad del hígado, harto peligrosa en el boxeo.

La pausa inicial permitió a Pablo Iglesias estudiar las distancias y las estrategias rivales para ir subiendo el ritmo de sus argumentos. En la parte más económica del debate pareció menos intenso, con Sánchez tapando los flancos mediante una defensa eficaz. El inicio dubitativo del socialista en el asalto dedicado a los asuntos sociales, lo aprovechó Rivera para desbordarlo; Iglesias buscó a ambos en la contra con un repertorio de estilo más ambicioso y más complejo. Y en ese tono avanzó el resto del combate hasta su final. Unos, de menos a más, y otro, de más a menos.

Sánchez quiso compensar el doble acoso con artimañas más propias de la refriega cotidiana, la de los debates descalificatorios de uso parlamentario, pero puntuaron en su contra. A Iglesias se le fue la lengua con afirmaciones cuya falsedad se negó a reconocer y a Rivera se le escapó (o no) un gesto dedicado a Monedero con el que equilibró el desatino de éste en una entrevista anterior: si uno atusó la nariz para acusar al otro de cocainómano, el otro se echó la mano en forma de cazo a su espalda para acusar al uno de trincón o de mangante. Iglesias se abalanzó como una fiera.

¿Una sorpresa? La argumentación de Iglesias para proteger al candidato de Podemos en Jaén que provocó la perplejidad de Sánchez: patear a un adversario político es tolerable si el pateador es hombre de nobles sentimientos. La incoherencia argumental, marcó el momento de máxima intensidad de Iglesias. Y ya no hubo dudas de que, si de eso se trataba, él había ganado el debate.

Puños en alto

Luego llegaron los expertos a realizar un panegírico de la recién inventada fórmula de debate (más ruido que nueces), de la participación popular (apenas simbólica) en las preguntas y del juicio final (pese a su nulo rigor) de los espectadores, olvidando que, más allá de la tensión de la pugna por la victoria, el espectáculo había terminado. Algunos quisieron levantar la mano de su vencedor para cerrar un espectáculo en el que ganar es lo único importante.

Hasta el público pareció satisfecho. La clave del pugilismo se mueve entre el estilo y la pegada. El debate y la reflexión requieren otros sortilegios. Pero no iba de eso.

Sin embargo, como no disponemos de alternativas mucho mejores, debemos dar el simulacro por bueno e incluso por necesario. La ausencia del hombre del spa fue toda una declaración de incompetencia.

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