El Parlamento español se somete a un ejercicio de riesgo y precisión.

Congreso-españolPara empezar una pregunta absurda: ¿El Parlamento puede controlar al gobierno en funciones? Con otra añadida: ¿Se puede exigir al gobierno que se atenga a lo que le marque un legislativo que no le eligió? ¿Se puede responder sí y no a lo uno y a lo otro?

Volvamos a empezar, pero al revés: ¿El gobierno en funciones puede estar fuera de control? ¿La iniciativa política puede descansar en un parlamento incapaz de elegir un gobierno? ¿Se puede responder no y sí a lo uno y a lo otro?

La posición del gobierno en funciones parece fundamentarse en la nostalgia de aquellos otros oprobiosos tiempos. La de los partidos diletantes, mucho ruido y pocas nueces, pongamos PSOE/Podemos, rememora la fábula del perro del hortelano.

¿O no?

Ellos, que han practicado entre sí el ejercicio de la infamia, se encuentran ante la ocasión de practicar el ejercicio de la oportunidad. Y los ciudadanos, en situación de medir sus convicciones y, sobre todo, su capacidad para afrontar la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad de un momento, además, volátil.

Este juego parlamentario aparentemente inútil que ahora proponen puede resultar, por ello, relevante. Porque en él cabe medir su solvencia, su ductilidad, su voluntad negociadora… Y abandonar la infamia como norma de la acción política.

imagesMás allá de los intereses que casi siempre se atribuye a los partidos, los beneficiarios de este juego inútil, aunque relevante, pueden ser los ciudadanos. Ya sea para saber a qué gobierno deberán criticar o para valorar a qué partido votar en corto plazo.

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