«Palmeras en la nieve». Fernando González Molina, 2015

Acompañada por una de esas apabullantes campañas publicitarias con las que las cadenas privadas de televisión nos aturden antes del estreno comercial de algunas de las producciones en las que han participado, llegando a prostituir hasta sus programas más respetables a base de cuñas, consejos y entrevistas forzadas, aparecen por fin en las pantallas grandes las dichosas Palmeras en la nieve con las que nos vienen bombardeando desde hace meses.

La segunda parte de esa estrategia suele consistir en estrenar rápida y simultáneamente en el mayor número posible de salas –algo fácil hoy, cuando las copias digitales sustituyen a las pesadas sacas con rollos de celuloide y cuando se cuenta además con una potente distribuidora transnacional, es decir, estadounidense–, de modo que un hipotético boca a oreja negativo de los espectadores decepcionados no impida el taquillazo inmediato.

Algo de esto puede ocurrir con esta película, de duración disparatada y guion más confuso que complejo, lleno de idas y venidas y saltos adelante y atrás en el tiempo, con unos personajes de escasa entidad, servidos por unos intérpretes en algún caso penosos, como Macarena García o Alain Hernández, en torno a un Mario Casas siempre en pose y vocalizando tan mal como de costumbre. Con lo que solo quedarían en pie los aspectos técnicos de la producción, a todas luces costosa –muy costosa, dado lo que acostumbra el cine español– y para la que, según informaciones facilitadas por la propia empresa, se han construido fastuosos decorados en localizaciones tan alejadas entre sí como Canarias y Colombia, además de las naturales del Pirineo oscense.

Todo ello para contar una historia supuestamente ambientada en la Guinea Ecuatorial ocupada por España, con alusiones a la descolonización posterior, pero como si se tratara de un decorado más, sin entrar en los numerosos aspectos oscuros de aquella situación, que permitió amasar fortunas a tantas familias del régimen franquista, por ejemplo, o de su patética resolución, que dio paso a una retahíla interminable de dictadores crueles y corruptos.

Nada de eso ha debido de interesar a Fernando González Molina –realizador habitual de la escudería Atresmedia, especializado en fabricar productos para la taquilla– ni a su guionista Sergio G. Sánchez, a falta de haber leído la novela homónima de Luz Gabás en la que se basa todo el enredo. Lo que parece importar es una historieta romántica de amores contrariados y desamores clandestinos, deseos reprimidos y búsquedas inocuas en un pasado mal definido, entre anécdotas irrelevantes y repetitivas, inútiles tomas aéreas para que queden claras las pretensiones de producción a la americana, y todo ello desde la perspectiva típicamente colonialista de quien se acerca a un ambiente llamativo solo por su exotismo, quedándose en la superficie o esparciendo pinceladas sueltas y contradictorias para dar impresión de profundidad.

Resulta curioso, por otra parte, que el estreno de Palmeras en la nieve haya coincidido en el tiempo con la aprobación –por un gobierno ¡en funciones!, que da con ello una nueva muestra de la desvergüenza normativa que ha exhibido durante toda la legislatura que ahora acaba– de una Orden Ministerial que desarrolla textos anteriores sobre las ayudas a la producción cinematográfica y que, muy en síntesis, vendrá a privilegiar los proyectos vinculados a esas grandes cadenas privadas de televisión, trasvasando presumiblemente sustanciosas cantidades de dinero público a sus proyectos más aparatosos, mientras el llamado cine de autor, o independiente, de menor tamaño y de carácter habitualmente más crítico y reflexivo sobre nuestra sociedad y sus circunstancias, queda desprotegido o al albur del azaroso voluntarismo individual y colectivo que se ha dado en denominar crowfunding.

Para rematar el asunto, y como apuntábamos antes, lo más frecuente es que tales cadenas confíen después la circulación de esos productos generosamente subvencionados a alguna de las grandes firmas de distribución de matriz estadounidense –la Warner, en el caso concreto que comentamos–, con lo que buena parte de los beneficios del previsible taquillazo, nutrido como queda dicho con dinero público, va a parar, limpia de polvo y paja, a las sedes extranjeras de esas empresas. Negocio redondo, propiciado por quienes dicen defender el interés común de los españoles. Decididamente, es menos delirante ver crecer palmeras en la nieve.

Y no estará de más, y será justo, mencionar otra película relacionada con la Guinea colonial española, mucho más modesta en medios y pretensiones, y no del todo lograda pero infinitamente más decente en su planteamiento. Se llamó Lejos de África y la dirigió en 1996 la realizadora Cecilia Bartolomé.

 

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Fernando González Molina. Guion: Sergio G. Sánchez, sobre la novela homónima de Luz Gabás. Fotografía: Xavi Giménez, en color. Montaje: Irene Blecua y Verónica Callón. Música: Lucas Vidal. Intérpretes: Mario Casas y Celso Bugallo (Kilian), Adriana Ugarte (Clarence), Macarena García y Petra Martínez (Julia), Berta Vázquez (Bisila), Alain Hernández (Jacobo), Laia Costa (Daniela), Emilio Gutiérrez Caba (Antón). Producción: Nostromo Pictures, Atresmedia Cine (España, 2015). Duración: 160 minutos.

 

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