Cuando esta mañana muchas personas han querido comprar en el supermercado la verdura, la fruta, el pan de molde, la leche, las pechugas y los muslos de pollo o las hamburguesas encontraron los lineales absolutamente vacíos. Ni rastro de verdura, fruta, pan de molde, leche, pollo o hamburguesas. A lo sumo, las cajas vacías, los papeles que facilitaron la colocación o el transporte. ¡Asombroso!

Quise grabar lo que yo mismo comprobaba, pero había olvidado el teléfono. Así pude imaginar el ansia de aprovisionamiento que conocí en lugares y países lejanos o la falta de alimentos y provisiones de otra época de la que me hablaron mis padres y abuelos. Nada que ver, sin embargo, con aquellas situaciones.

No se había declarado una guerra, no se había producido una revolución o un asalto al poder, no existía riesgo de desabastecimiento… Tan solo se había dicho que las clases se suspendían durante dos semanas.

Visto así, cabía temer que la actual no sea una generación de niños, sino de presuntos caníbales; que la generación de padres de la era de la información pertenecen en realidad a la sociedad del acojono; que los años del hambre se han transformado en los del ansia o la gula…

Todo, en fin, por un bichito, el dichoso coronavirus, al que nadie ha invitado y que nos obliga a encerrarnos en nuestras casas y a toser a escondidas.

Por si acaso el susodicho llama al timbre, nos ha dado por arramplar con los supermercados. Que el virus no nos tome por sorpresa.

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