El todavía presidente del Gobierno aplazó sus vacaciones para hablar con los partidos y regresó a su despacho desde la residencia veraniega de Doñana a las pocas horas de haber abandonado la Moncloa. Los intereses de la deuda soberana –que no es lo mismo, aunque a veces lo parezca, que la soberana deuda– provocaron el aplazamiento y el retorno precipitado. Gajes del oficio y de la que está cayendo sin chubasquero en pleno estío.

El todavía líder de la oposición decidió, mientras tanto, permanecer en su lugar familiar de vacaciones, según explicó su partido, “para no alarmar más”. De lo que se desprende que a la ciudadanía española o a eso que llaman los mercados les alarma que el presidente del PP se ponga a trabajar. Aquí paz y, después, gloria.  Descanse, pues, por la tranquilidad de los ciudadanos, que nos la merecemos, y de los mercados, que la que lían cada vez que se alteran.

Esta reflexión sesuda trae a colación un par de anécdotas.

Desayunábamos una mañana varios compañeros con Mariano Rajoy, ya ex-ministro de Interior, poco después de que se hubiera registrado un atentado de ETA en el que habían sufrido heridas de consideración dos militares. La conversación resultaba distendida e incluso amena, porque el ruido de los bárbaros, pese a todo, a aquellas alturas no conseguía alterar la vida cotidiana. El desayuno, los chascarrillos y la reflexión política se alternaban, pese a la insistencia creciente de la jefa de comunicación del dirigente popular que le requería para acudir al hospital, donde ya esperaban los periodistas con sus cámaras y micrófonos para constatar la solidaridad de toda la clase política. El buen y apacible conversador que es Mariano Rajoy, interesado en la cháchara, demoraba los reclamos y hasta en un par de ocasiones trató de escapar del compromiso: “¿Estás segura, Belén, de que tengo que ir allí?”. Tardó lo suyo, pero acabó yendo, de modo que los ciudadanos pudieron comprobar la preocupación del anterior ministro de Interior por las víctimas de la barbarie terrorista.

Otro desayuno similar aconteció meses más tarde –o tal vez antes; en esa ocasión abordamos las peculiaridades de cada uno de los puestos que el candidato a la presidencia del Gobierno había asumido en los ejecutivos de José María Aznar. Reconoció que ninguno fue tan estresante como Interior, porque, pese a su flema gallega, las noticias en ese puesto son un sinvivir. Y siempre puede surgir algo que aún las complique más. Así relató cómo, después de una semana infernal de atentados, accidentes de tráfico y otras preocupaciones propias del cargo, decidió trasladar sus huesos a Galicia un fin de semana para reponer el ánimo y las fuerzas; y cómo allí, en pleno sábado, en medio del partido que ofrecía la tele para satisfacer el interés general, repantingado sobre el sofá y en un estado próximo al nirvana que consiste en estar “escarallado”, el teléfono interrumpió su placidez: “Ministro, soy el delegado del gobierno en Canarias; que se acaba de declarar un motín en la cárcel de Tenerife”. Reacción urgente: “¿Y qué quieres que haga yo?  ¿No estás tú allí? ¡Coño, pues resuélvelo!”.

Mejor no alarmarse.

 

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