La decepción no la provocan la casta, la trama o el sistema sino la sociedad en la vivimos: la corrupción que nos invade, la degradación que nos asola y, sobre todo, la depresión que todo lo anterior provoca.

La depresión no es obra de la casta, de la trama o el sistema; tampoco de la corrupción o la degradación, sino de una sociedad conformista, inerme o complaciente, incluso cómplice. Véase la calle o los partidos, de la A a la Z; los resultados electorales, las encuestas. el mundo en general …

El problema desborda lo político, es moral. No se resuelve con votos, con elecciones o referendos. Requiere otra manera de ser y de estar. Alguien debe sentirse muy satisfecho para compensar el profundo desconsuelo de tantos otros. Porque esta situación no es fruto de la casualidad.

Ese es el problema. En él nos retorcemos, abrumados o aburridos, cascarrabias e impotentes. Todavía conscientes de que, contra toda lógica y contra toda esperanza, hay situaciones tan graves que convierten la resignación en obscenidad.

Y en ese trance todos corremos el riesgo de ser responsables.

¿Qué queda? ¿Algo más que dar tumbos?

 

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