Pablo Iglesias promete acabar con el ‘régimen’ de la Transición”, destaca en su primera página El País. Dentro de esas cuatro columnas de apertura del periódico global, que algún día se llamó independiente, se destaca que “Las formaciones populistas arraigan en Europa impulsadas por la crisis”. A media tarde, en la edición digital del periódico permanecía el segundo de los asuntos, desarrollado en tres entradas diferentes. Para localizar el primero había que buscar en la letra pequeña o en la minúscula. ¿Hace falta recordar el editorial de hace unos días, prever el próximo que escribirán a propósito de esa formación que ayer anunciaba sus cuadros de dirección y que apenas acaba de salir a la luz, tras los nueve meses reglamentarios de gestación?

Antes de descalificar todo lo que procede de este medio –bajo sospecha desde hace ya bastante tiempo y en las últimas semanas definitivamente “fuera de toda sospecha”–, mejor leer con despacio. Porque el informe sobre el avance del populismo en Europa, aunque apresurado y superficial, contiene abundantes elementos que invitan a un análisis mucho más sosegado y complejo de lo que cabía temer. Tal vez, porque Lucía Abellán y Claudi Pérez ejercen de lo que les corresponde, de periodistas, y recaban opiniones muy distintas y, pese a su simplificación en unas frases demasiado escuetas, ofrecen sugerencias para analizar de una manera compleja el significado del populismo en la sociedad actual.

Aparte de la intencionalidad del periódico –por lo dicho, doblemente grosera–, se propone entre líneas la necesidad de una reflexión, imprescindible para la sociedad española, a la vista de lo que tenemos por delante. Entre otras razones, porque esa formación a la que se trata de descalificar por populista ha puesto patas arriba a las principales formaciones políticas. Cayo Lara ha renunciado hoy mismo, entre lágrimas, a ser el candidato de IU a las próximas generales y Pedro Sánchez acelera el ritmo de su formación y anuncia la apertura del un proceso de consulta para plantear la reforma constitucional. Hasta el presidente del Gobierno se libera de su mudez congénita, aunque solo sea para descalificar al último advenedizo, y la secretaria general del PP hace lo propio para ningunear la propuesta socialista.

Detrás de todo esto, aunque eso sea lo más importante de todo, existe un profundo descontento de la sociedad española, capaz de movilizar a sectores hasta ahora poco activos y, en todo caso, de aglutinar a muchos en torno a la iniciativa que consiga acoger y crear expectativas a partir de la frustración colectiva. El castigo infringido a amplios sectores por los poderes reales, la inacción del gobierno frente el reclamo ciudadano y la ausencia de una reacción vigorosa contra la terapia impuesta desde dentro y desde fuera buscan, desde hace mucho, un cauce de respeto y simpatía.

Sin embargo, ese movimiento social ha sido despreciado hasta que un fantasma consiguió infiltrarse en esa sociedad maltratada; es decir, hasta que el peligro de un profundo cambio electoral se hizo  visible y, en apenas un par de meses desde su irrupción en las elecciones europeas, se transformó en una fuerza, simultáneamente,emergente y arrolladora. A partir de ahí, todos de culo: estaba en riesgo el poder. Y eso es lo único que provoca pánico y éxtasis, cada cosa en su momento, entre los dirigentes políticos.

Eso es, justamente, lo que invalida la acusación de populismo, en su sentido más despectivo, a ese nuevo movimiento que empieza a convertirse en partido político; porque el populismo es, en todo caso, la consecuencia natural e inevitable de la acción política orientada hacia ese prioritario y excluyente objetivo (el poder), lo que justifica la formulación de propuestas falaces (basta mirar a la última campaña de Rajoy) y la renuncia a programas y valores –es decir, a la transformación de la realidad– en cuanto se tuercen las intenciones de voto o a la pura mentira sin escrúpulos ni respeto para falsear la realidad y negar los efectos lógicos de cada una de las decisiones adoptadas.

El problema de fondo no radica tanto en la voluntad y en la capacidad de manipulación, o en los trucos, de las distintas fuerzas políticas, sino en la escasa capacidad crítica de una sociedad resignada a que otros hagan en su nombre. Este es el cambio necesario, la única defensa contra el populismo de los partidos o los medios de comunicación. Un cambio que exigiría al poder el respeto a la ciudadanía; es decir, claridad, coherencia y, en su caso, pedagogía para buscar respuestas acordadas para una situación y una realidad complejas.

No se puede predecir el rumbo ni el destino de quienes en la actual decisión han decidido mover sus posiciones en el tablero. Tampoco hasta que punto esta situación alumbrará una sociedad más crítica y activa políticamente. Pero la realidad ante la que nos encontramos va a requerir buenas dosis de riesgo. Porque, parafraseando a la presidenta de la Cámara baja italiana, Laura Boldrini, «el populismo se ha convertido en el modo de hacer política» (1).

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(1) Ella, en realidad, afirma que «el populismo se ha convertido en un modo de hacer política«, bastante menos categórico; va en el cargo.

 

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