Las fronteras tienen memoria. Para lo bueno y lo malo. Nadie logró dividir el mundo con líneas quebradas sobre un mapa. Ni siquiera mediante rios caudalosos o cordilleras encrespadas. Los trazos políticos añadieron distancia, enconos e incluso disputas agrias. Sin embargo, los hombres crearon puentes o túneles aún antes de inventar el hormigón o las perforadoras. En las lindes de aquellas separaciones florecieron intercambios, signos del negocio o de cultura, que dejaron huellas imperecederas.

Por eso, en este tiempo en que los límites se diluyen y nada es como era, las fronteras hablan de lo que fue y de lo que podemos ser. De accidentes geográficos, de paisajes de doble cara, de pueblos y ciudades, de castillos y peajes, de enfrentamientos y amores impetuosos, de mercadillos y  contrabando, de atalayas y castillos. De gente entre dos sentimientos, próximos y contrapuestos, cercanos aunque no siempre bien avenidos, que generaron romances y leyendas.

Las aduanas pierden valor y eficacia. Pero los límites, las barreras que separan a los hombres, permanecen. Cada vez que se juntan más de dos personas, hay alguien que se empeña en poner obstáculos, físicos o mentales, entre ellas.

Por eso, recorrer la frontera es una manera de encontrarnos a nosotros mismos. Para lo bueno y lo malo.

Siempre me sedujo la frontera entre España y Portugal. Nací y crecí, en diferentes poblaciones, cerca de La Raya (A Raia, la denominan los lusitanos); tuve maestros que me enseñaron a apreciar a los del otro lado y viajé para sacudir los tópicos y los fantasmas.

Los rayanos (o raianos) guardan lugares, paisajes, edificios, iniciativas y recuerdos que merecen la pena. ¿Podríamos pensar en un programa de televisión que hablara de todo eso?  Ese fue el planteamiento desde el afronté este proyecto.

 

 

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