Lo inédito de las disculpas de un rey, el propósito de la enmienda de un hombre abatido, las once palabras del personaje que tras haber hecho historia ahora solo aspira a cambiar el final de la propia parecen alentar el perdón. Sin embargo, casi nadie duda de que en este año de tanta y tan grave sequía llueve sobre mojado en el Palacio de la Zarzuela.

Modernizar la monarquía es un oxímoron, porque monarquía y modernidad son términos contrapuestos. Profundizar en la transparencia de la Casa Real para romper esta dinámica que ha acabado con el tabú del príncipe inmaculado (bueno, bonito y barato, porque nadie estaba dispuesto a tratar sobre el valor real de los epítetos) es una pretensión que solo aboca al engaño.

No hay que engañarse. La monarquía es en sí misma un artificio, un ente teológico, la representación humana del poder divino; un anacronismo conceptual e ideológico, digno de conservación con los mismos argumentos que se preserva al lince ibérico o al elefante, donde se le preserva. O sea, solo el pacto ciudadano, por gusto o costumbre, para distinguirnos o para no dar la tabarra, es el único soporte cierto de este absurdo. Un pacto que lo hace tan legítimo como podría ser cualquier otra fórmula inventada o por descubrir.

Ahora se trata de preservar la especie. Los políticos de los partidos mayoritarios se afanan en el empeño. Los otros ponen sordina al ruido de los primeros momentos. El personal sigue la jugada perplejo, porque se sobrentiende que no está el horno para derretir coronas con la necesidad que tenemos de fabricar mendrugos para sobrellevar la ruina.

Hay que rehusar ardides y artimañas. ¿Qué la Casa Real va a ser transparente? Que acuda a los tribunales y se ofrezca a declarar todo lo que sabe sobre Urdangarín y sus aledaños, que libere los correos electrónicos cruzados con referencia al caso, que ponga sobre la mesa el patrimonio acumulado en estos 36 años y pico… Mejor dejarlo.

¿Qué la Casa Real está dispuesta a ahorrar? Que nos expliquen por qué la reducción de su presupuesto apenas ha alcanzado el 2%, esos 170.000 euros que van a sisar a los sueldos de los altos cargos de palacio. O sea, que no nos tomen el pelo.

Han escondido sus torpezas e incluso sus tropelías y ahora nos piden comprensión porque les han pillado con las manos en la masa. Se ha deshecho el tabú. Y eso resta credibilidad y eficacia al arrepentimiento.

Y se ha deshecho de tal manera que no cabe descartar capítulos para un próximo desgüace, cuando los asuntos domésticos de la familia real se traten en Sálvame. Hasta ese aspecto la veda se ha abierto: los medios serios ya apuntan y disparan proyectiles de fogueo para orientar a los furtivos. Quizás tengan razón: ¿por qué estos asuntos deben permanecer en el ámbito de lo privado cuando ocultan comportamientos que entre ciudadanos normales podríamos considerar denigratorios para alguna de las partes?

¡Pues sí que estamos realmente apañados!

 

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