28A. Avanza la jornada electoral. Los datos previos al inicio del escrutinio se limitan a la participación popular en las urnas. ¿Puede ser significativa de algo?

A las 18:00, supera en 9,5 puntos la registrada a esa misma hora en las elecciones de 2016. Del 50,21% ha pasado al 60,76%. No está mal. Pero, ¿cómo interpretarlo? ¿Por el tirón del voto proVox o del antiVox? ¿Se trata de algo bueno para la izquierda o para los nuevos? Los politólogos conjeturan.

¿Y en el caso de Cataluña? A esas mismas horas la participación sobrepasa en 18 puntos la de 2016 y alcanza el 64,20%; un dato netamente superior a la media española. ¿Qué será, será? ¿Una respuesta proindepedentista? ¿Una contradicción más de quienes abogan por la escisión al mismo tiempo que se vuelcan en la decisión más representativa de la existencia de un Estado único y de una representación común?

 

19:30. Se acerca la hora del sondeo electoral encargado por RTVE. Se trata de un recurso para entretener al personal y esquivar el desajuste horario de Canarias, que impide la publicación de datos ciertos hasta las 21:00. Apenas la televisión pública se mantiene firme a la tradición encuestadora, pese a su elevado coste y a su falta de interés práctico. En las últimas ocasiones, las predicciones a pie de urna han chocado con la realidad. ¿Preverán el escrutinio o añadirán confusión? De las expectativas que genere, dependerán muchas explicaciones al término de la jornada. Otro absurdo.

 

20:00. El sondeo anuncia que el gobierno de España puede seguir en manos de quienes apoyaron al gobierno ahora mismo en funciones.

En concreto:

El sondeo no plantea grandes cambios respecto a las previsiones demoscópicas. En particular, con relación a las del denostado CIS.

Falta una hora para empezar a saber. ¿Para qué hacer comentarios sobre una hipótesis o, tal vez, sobre un esfuerzo inútil? Los medios se afanan en ello.

Datos ciertos

El primer dato sólido, definitivo, es el de la participación: 75,79%. Una presencia ciudadana en las urnas importante.

Luego llega el recuento y, poco a poco, se van precisando las cifras. De esta guisa.

24:00. ¿Y ahora, qué?

La valoración depende de las expectativas. Nadie puede presumir de un éxito inequívoco. A lo sumo, quienes se acercaron a las urnas acuciados por el miedo a una victoria del tripartito de la derecha pueden irse a la cama con la camisa asomándoles al cuello. Ni eufóricos ni satisfechos, aliviados. Y tal vez, inseguros, inciertos. Pero pronto surgen certezas perfectamente rebatibles. Es lo que tiene el miedo, que genera mecanismos de ataque y de defensa, que actúa como estimulante y como antídoto, que confunde.

Los resultados electorales se miden como si se tratara de un evento deportivo: ganar o perder, éxito o fracaso, premio o castigo. Los programas especiales de las cadenas de televisión –especialmente, las que reivindican su cualificación informativa– ratificaron esa aberración. Los procesos electores no son eso. Incluso aceptando el símil, resulta más fácil reconocer a los que perdieron que a los vencedores. Se demuestra, pues, el equívoco de la comparación.

Hay quienes salen malparados: Aznar, Casado y sus nuevos adalides: Suárez, Álvarez de Toledo… Algunas paradojas tienen valor de símbolo: el jefe de campaña del PP busca empleo, el glamur radical de algunas voces se desvanece o se transmuta en silencio, y los bárbaros de Vox, pese a ganar espacio para el grito –el que les otorgará un Parlamento al que no respetan–, comprobarán su inanidad a en la toma de decisiones.

¿Y quien sale bien parado? Ahora mismo no se sabe. Todo depende de cómo se administren esos resultados en pro de una acción legislativa y de gobierno que mejore la vida de la mayoría de los ciudadanos. Y eso habrá que ir viéndolo. Para empezar, en la gestión de los primeros acuerdos. Ahí empieza lo que verdaderamente importa.

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