Mi infancia es una tienda de tejidos donde el abuelo Pepe fiaba a las gitanas que dejaban su nombre y sus apuros en una libreta de papel cuadriculado.

En aquel espacio de confianza a plazos en torno al martes y al mercado aprendí a distinguir el lienzo blanco del crudo o el moreno, el popelín de la franela.

Al caer algunas tardes, ante resmas de telas y cajas de bobinas, la familia exhibía orgullosa sobre el mostrador al zagal que leía de corrido los periódicos antes de pisar la escuela.

En aquel amplio espacio, cerrado los domingos, subíamos a la espalda de mi padre a gatas; luego, el ya cansado, recortábamos papeles y coloreábamos casullas que presagiaban sus designios.

De vuelta a la casa materna, sobre las escaleras que llevaban al desván imitábamos los ritos aprendidos en la iglesia e izábamos, solemnes, un pulido copón hecho de corcho.

Aquellos juegos no arruinaron la infancia ni el futuro de los que éramos pequeños, aunque el silencio de la guerra y el ruido de la fe llevaron a algunos vencedores a perder su propia vida.

Entre esos dos extremos tan hermanos vivimos y aprendimos. La infancia fue tan breve como la escuela graduada y el colegio lejano, un sucedáneo del exilio, del que los niños siempre regresan muy adultos.

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